
Sebastían Godínez Rivera
Cuando un líder populista asume el poder elimina las barreras de la comunicación, es decir, los medios e instaura un modelo directo, líder-pueblo. En consecuencia, los otros discursos pierden validez, no porque sean falaces, sino que el populista intenta crear una hegemonía discursiva. Raúl Trejo Delarbre plantea en Posverdad, populismo, pandemia que los líderes carismáticos siempre descalifican el discurso científico porque lo consideran especializado y lejano al pueblo.
En México lo hemos vivido seis años, la descalificación de las ciencias duras y sociales, de universidades, académicos y facultades han desnudado la estirpe autoritaria de López. Sin embargo, esta ha sido más constante contra las y los científicos sociales al acusarlos de “plegarse a la política neoliberal y de intereses”, “no hacer ciencia para el pueblo” o “derechizarse”.
El mandatario concibe a la academia como una adversaria porque le recuerda que siempre hay una realidad que no puede ocultar o disfrazar con sus informes triunfalistas. Muestra arrogancia desde el poder, como si todo lo que dijera es verdad, por ende, otros discursos o espacios de deliberación son falaces. Esto se puede comprobar a través de la persecución que ejerció Elena Álvarez-Buylla desde el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología contra varios profesores.
El gobierno desapareció los programas de intercambio porque “traen sus malas mañas a México” e incluso manchó a la ciencia con decisiones políticas. Raúl Trejo considera que se intentó hacer una ciencia popular, es decir, hecha por el pueblo, pero que carece de rigurosidad y autonomía. Es necesario destacar que las ciencias, pero en especial las Ciencias Sociales no son para todos y no cualquiera puede hacerla; todos tenemos opiniones políticas, pero no todos pueden hacer análisis político y menos Ciencias Sociales.
Es importante hacer hincapié en que la molestia de los populistas con los científicos es que esta no es democrática y no tiene por qué serlo. El ascenso de las y los científicos se debe a un modelo meritocrático y de producción de conocimientos o habilidades que aporten a la investigación. Sería terrible pensar que ahora la ciencia debe ser popular, luego entonces, hay que elegir mediante elecciones o a mano alzada quienes deben entrar a una maestría, doctorado; quienes pueden publicar o quienes tienen el respaldo popular para hacer ciencia.
A pesar de que los científicos sociales hacemos investigaciones, estas no son oposición al gobierno, sino que buscan explicar fenómenos políticos y pedazos de la realidad. Que un gobierno los conciba como adversarios y descalifique el trabajo científico es una postura de ignorancia, pero también de venganza que busca silenciar a otras voces. Cristóbal Bellolio ha mencionado que “frente a la arrogancia de los expertos, los populistas responden con la arrogancia de la ignorancia”.
Lamentablemente, la ignorancia puede más que los discursos científicos, teorías o estudios publicados; cuando un líder carismático hace uso de la voz esta impacta en gran parte de su base. El populista considera que las posturas anticientíficas democratizan este espacio, pero en realidad solo busca sembrar el autoritarismo y una visión hegemónica de la realidad, debido a su intolerancia hacia las críticas, por lo tanto, erosiona la pluralidad democrática.
No es un reto menor el que tenemos enfrente, sino que un objetivo es conseguir que la gente confíe en la ciencia y en la expertiz. Dejar de lado la obscuridad y el simplismo del populismo que lincha y persigue a la inteligencia como parte de una cruzada contra el antipueblo. Al contrario, los gobiernos serios apuestan por la ciencia y sus resultados que buscarán mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía.
La desconfianza hacia el conocimiento es producto de la ignorancia populista que cuestiona la falta de popularidad en un ámbito que no tiene que serlo. Los y las científicas no deben ser carismáticos o populares ante la gente; esa no es la razón de ser, porque cuando dichos fenómenos se materializan, entonces, ya no son científicos sino propagandistas del gobierno que disputan la rigurosidad y la cientificidad en aras de satisfacer a un personaje.
En conclusión, las y los científicos de México no viven un contexto fácil porque hay un discurso que se ha implantado en contra de la ciencia. La gente ha creído que estos espacios no abonan a su vida, sino que son una élite que pretende frenar el desarrollo. Es lamentable que un discurso así haya permeado, porque en aras de descalificar el trabajo riguroso, se cree que todo debe ser democrático (una perversión de ese concepto) para que funcione.
