
Sebastián Godínez Rivera
El discurso pronunciado por la presidenta, Claudia Sheinbaum, ha dejado claro que serán otros seis años de polarización y de gobernar solo para la pandilla oficialista. En su inicio tiró loas al mandatario saliente, comprobando que su intención es seguir por el mismo camino y no marcar una ruptura; como era de esperarse sin autocrítica y enalteciendo a su padre político.
En nueva minutos dedicó halagos, culto a la personalidad y agradecimiento para quien la puso en ese lugar. Fue López Obrador quien la hizo candidata y condujo su campaña; Sheinbaum no reparó en hablar de las bondades del tabasqueño, alabó una inteligencia, lo citó cuatro veces con sus lemas populistas de “por el bien de todos, primero los pobres”; “hay que dar de comer, a quien nos da de comer”; “democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”; y “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”,
Su discurso no dista mucho de su antecesor en la forma y tampoco en el fondo, al contrario, con esas palabras se refuerza más la idea de que ella será tutelada por el tabasqueño y la estructura morenista. Por otro lado, sus alabanzas al mandatario saliente fueron una forma de sumisión ante el poder masculino; Sheinbaum no paró de decir que todo se lo debía a él y que ha sido el mejor presidente de la historia, alcanzado el nivel de Lázaro Cárdenas.
Como si de la campaña se tratara, destacó las mentiras de democratizar al Poder Judicial, respetar los derechos de las y los trabajadores afectados y remató con la frase “en un futuro dirán que fue la mejor decisión”. Demostrando su venia autoritaria (la cual no oculta y que tampoco debe sorprender) los embates contra la democracia y sus instituciones seguirán. En política no hay sorpresas, sólo sorprendidos.
Haciendo gala de una ignorancia conceptual y transparente como el vestido que usó, habló de “el régimen de corrupción, el régimen de privilegios y neoliberal”. Utilizar este término y calificarlo con una serie de adjetivos o modelos de desarrollo económico, sólo demuestra su profundo desconocimiento para hablar de temas políticos. Esto es algo que la liga con su antecesor quien tiende a estirar y deformar los términos.
A esto se suma, el discurso en el que Sheinbaum concibe al país como propiedad de una mayoría oficialista, pero ignora a quienes no votamos por ella o eligieron otras opciones. Muestra de esto es que solo se refirió a Morena y aliados, pero nunca prestó atención a la oposición, quien se dijo dispuesta a construir. Mientras en el recinto clamaban su nombre, afuera de San Lázaro reprimían a trabajadores del Poder Judicial.
Lamentable, que la primera mujer en la presidencia no esté dispuesta a construir, al contrario continuará por el camino de la división. No obstante, es importante destacar que Sheinbaum carece de carisma propio, no es López Obrador quien tuvo un arrastre brutal. Sin embargo, dentro la Ciencia Política ha surgido la categoría tecnopopulismo, la cual sirve para analizar a perfiles científicos o técnicos que asumen el poder, pero gobiernan por medio de la división.
Autores como Bickerton y Accetti, consideran que el populismo y la tecnocracia son polos opuestos de la política; empero, la realidad ha encontrado la forma para juntarlos en una sola forma de ejercer el poder, tecnopopulismo. El concepto se utilizó para analizar al expresidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien es economista y construyó un gabinete técnico con el cual estabilizó la economía.
Sumado a su expertiz técnica, adoptó un discurso agresivo y polarizador con el cual gobernó desde 2007 hasta 2017. Correa se caracterizó por el enfrentamiento directo con la oposición y la descalificación de la derecha partidista, según él para consolidar la Revolucion Ciudadana, que no tenía otro fin más que imponer el socialismo del siglo XXI en Ecuador.
Ante este escenario y en un ejercicio de prospectiva, el tecnopopulismo podría ser una de las herramientas con las que Sheinbaum gobernará. Algunas voces intentaron darle el beneficio de la duda para ver un cambio de imagen o política y es claro que esto no sucederá. La nueva presidenta necesita legitimar con un discurso divisor su triunfo e invisibilizar a quienes no votaron por ella o no participaron.
El oficialismo se siente cómodo con una oposición mediocre y desarticulada, sin embargo, la realidad les ha demostrado que sus posverdades no cuadran con ella. Asimismo, la jefa del Estado mexicano deberá dar resultados ante el estancamiento de la economía, el aumento de la violencia, el ensanchamiento de la pobreza y la tensa relación con Estados Unidos, quien elegirá la presidencia el 5 de noviembre.
En conclusión, ha quedado claro que no se gobernará para todos sino para unos cuantos. Quizá el tecnopopulismo sea parte de una estrategia para mantener la legitimidad, pero ante un panorama incierto sus planes pueden cambiar. Sheinbaum deberá aprender por las buenas o las malas que la realidad alcanza a todos los gobiernos, sepulta a los otros datos y manotea sobre la mesa cuando es tiempo.
