“[…]así visto mi desnuda maldad con viejos harapos sacados del Evangelio y parezco un santo mientras hago de diablo.” 

Ricardo III; Acto I Escena III.

La Ley de Murphy

Bien dicen que en la política no hay sorpresas, sino sorprendidos; así que para nadie resulte inesperado el advenimiento de Hugo Aguilar como presidente de la Suprema Corte, al obtener la mayor cantidad de votos en la elección del primero de junio.

En los últimos días he tratado de develar la forma y el fondo, de este asunto y no me queda más que reírme de los traicionados, quizá a coro con el traidor, aquel hombre que nunca ha tenido lealtades, ni tampoco palabra (Marcelo dixit).

La “transformación” no es más que captura y demolición, los dieciocho años de la alternancia democrática tuvieron algunos leves avances hacia un país con un poder presidencial acotado; estos cambios estuvieron enraizados en la arena por la mezquindad de la clase política.

Así la reforma judicial no era más que la captura del tercer poder de la Unión por Morena, sin respeto a la Ley o los principios, el sueño de Andrés es la conquista de todos los espacios del poder en México.

Lo advirtió Ikram Antaki hace un cuarto de siglo, para ese bárbaro aldeano el respeto por la Ley no existe, pero también no conoce el sentido de la lealtad, así la lista de traicionados que incluye a Cárdenas, Robles y Ahumada; Ebrard, los Chuchos, Dante, se agregan los Batres y el matrimonio Rioboó Esquivel.

Esta comedia tiene su primer acto cuando el Congreso votó la reforma constitucional, aquella noche cuchillos largos se mantuvieron en la Constitución dos métodos para elegir al presidente de la Corte, el nuevo eligiendo a aquel candidato que obtuviese el mayor número de voto y el viejo para quien fuese electo por los votos de los ministros en el Pleno.

Durante meses a pesar de que la opinión pública señaló ese error y fuese reconocido por el propio oficialismo, nadie hizo nada; Andrés Manuel no agitó las aguas, llegado el momento se borraría el método viejo.

Esta promesa de eliminar el método viejo le dio certeza a los Batres y a los Rioboó en una elección tan incierta.  Yasmin y Lenia tenían que aceitar y movilizar a sus bases, así ambas creyentes en la palabra del Mesías trabajaron toda la elección con la esperanza de que tenían que conseguir el mayor número de votos y ser las ganadoras, nadie más que ellas hicieron campaña.

Pero el método de elección del presidente por medio de los votos del Pleno era el Plan C Versión 2.0 para que en caso de que algo saliese mal en las votaciones, aún Andrés Manuel tuviera el fiel de la balanza y pudiera nombrar a su ungido.

Sobre el final de la campaña se distribuyeron acordeones para indicar el voto, ahí tímidamente apareció un nombre Hugo Aguilar, sin mérito, ni trayectoria; funcionario de mandos inferiores, pero con una característica importante, es mixteco.

Así el día de la jornada, operadores en estados gobernados por la oposición Nuevo León, Coahuila, Aguascalientes y algunos otros como Chiapas, le dieron la diferencia a Aguilar, por encima de Batres y Esquivel.

Días después Lenia anunció un mensaje a medios, visiblemente enojada, como con su vecina de las macetas, quería patalear sobre la traición, pero seguro le llamaron del ISSSTE para decirle que en dos años le toca.

La culminación de la comedia no es la captura de la Suprema Corte; Aguilar es un pusilánime que se sabe utilería dentro de esta farsa.

La imagen, el símbolo que quiere Andrés Manuel para cerrar este acto, es un indígena oaxaqueño en medio de ocho togas negras; la derrota de los conservadores por el héroe de la transformación.