
¿Qué nos depara el futuro?
Por Alberto Pacheco
Recientemente, un artículo en el NY times, destacó un nuevo término llamado, LA NUEVA ADOLESCENCIA DE LOS 30´S, pues menos del 20% de jóvenes latinoamericanos, de entre 26 y 35 años, vive de manera completamente independiente.
En México, más del 50% de jóvenes entre 20 y 35 años con empleo, siguen viviendo en casa de sus padres, no obstante, del porcentaje que ya no vive con sus familias, tan solo un 5% lo hace de manera completamente independiente, es decir, sin compartir vivienda con más personas.
En el caso de Puebla, es un tanto más dramático, pues 7 de cada 10 jóvenes entre 20 y 35 años con empleo, siguen viviendo en la casa de sus padres, pues para independizarse, tendrían que destinar el 120% de sus ingresos (que no tienen), para poder cubrir el costo de alquiler, gastos como el internet, agua, energía eléctrica y ni qué decir, de una alimentación medianamente adecuada.
Hoy, independizarse, es un lujo al alcance de muy, pero muy pocos jóvenes, pues mientras los salarios promedio no superan los $8500 pesos mensuales, el costo de la renta promedio en zonas intermedias como Zavaleta, Centro o San Manuel, es de 9 mil pesos.
Y para quienes se independizan por completo o parcialmente (compartiendo vivienda), la cosa tampoco es miel sobre hojuelas, pues hasta el 70% termina sobre-endeudándose, destinando más del 40% de sus ingresos tan solo para cubrir la renta y, en muchísimos casos, terminan por regresar a la casa familiar.
Muchos atribuyen esta distorsión, al coste de la vivienda que en los últimos 5 años, ha subido más del 60% y el salario de los jóvenes, apenas y menos del 10% en términos reales, pero el problema realmente, podría estar en los salarios, salarios de becarios y costo de vida para ejecutivos.
Hay causas claras de que nuestros jóvenes adultos estén destinados a esa eterna adolescencia financiera y son profundas y estructurales; durante décadas, México ha descansado sobre un modelo económico de bajo valor añadido y ha sustentado todo eso, sobre una “santa trinidad” compuesta por el turismo, la construcción y los servicios poco especializados.
Son sectores que abonan mucho a la retórica simplista, pues generan mucho empleo y rápido, pero a costa de consolidar empleos de tipo estacional, temporales y precarios que lastran la productividad del país.
Mucho esfuerzo invertido en ladrillos, camareros y poco en innovación y conocimiento, esa falta de transformación estructural es la que ha cronificado la economía de salarios miserables.
Y una palabra describe perfectamente esta tragedia: SOBRECUALIFICACIÓN, pues hasta el 50% de los jóvenes están sobrecualificados para las actividades que desempeñan en sus puestos de trabajo, pero por el otro lado, el 80% de empresas en sectores más avanzados como el de la tecnología, tienen serios problemas para encontrar capital humano bien formado.
Tenemos ingenieros sirviendo café, licenciadas despachando en tiendas de ropa, malviviendo o mejor dicho, sobreviviendo.
Con un sistema educativo que produce titulados que el mercado laboral no absorbe y por otro, un modelo productivo incapaz de generar empleo cualificado que retenga a los mejor formados.
Además, arrastramos un uso crónico de la termporalidad en la contratación, pues más del 50% de los jóvenes, están bajo estas condiciones y no solamente para los que se ocupan en el sector turismo y servicios o en la construcción, supeditados a las condiciones de estacionalidad, sino que ahora, en casi todos los sectores, incluyendo el empleo público que bajo los supuestos de “austeridad” y la inexistencia de un sistema profesional de carrera, ha precarizado profundamente la carrera burocrática y nos ha llevado a tener muy probablemente, a la peor generación de funcionarios de la historia, además de profundizar el nepotismo y los negocios al amparo de la corrupción.
Por si esto no fuera poco, el excesivo gasto público para subvencionar a las generaciones mayores (pensiones del bienestar) está dejando fuera la inversión para impulsar al sector más joven. México gasta mucho y cada vez más, en sostener las pensiones, pero poco para propulsar a los jóvenes: educación de calidad que forme de acuerdo a los requerimientos de los sectores avanzados, acceso real a la vivienda digna, incentivos fiscales a quienes empleen a los jóvenes de manera formal, capital de riesgo, impulso creativo, etc.
Hace un par de décadas, más del 65% de los jóvenes podía adquirir una casa, ahora, menos del 10%.
Un país que obliga a su sangre nueva a malvivir o a marcharse, es un país que destruye su idea de futuro.
Hoy, nuestros jóvenes representan proyectos de vida aplazados, a una generación en pausa que no es solo una cifra, sino millones de sueños postergados que en muchos casos ya no se podrán realizar.
Jóvenes con las alas recortadas por una realidad que no cambia. Una juventud que está condenada a prolongar etapas, en las que cada año que se vive como adolescente tardío, es un año de decisiones no tomadas, de proyectos vitales, familiares, empresariales, perdido en el limbo; de renunciar a formar familia, por más que nos digan que es una decisión más allá de factores económicos.
Es un problema sistémico que nos afecta a todos, porque no podemos olvidar como se sustenta el estado de bienestar y las pensiones, esas que hoy tienen a millones de mexicanos viviendo bajo una burbuja de bienestar, pero al fin, burbuja: frágil, efímera, sin sustento al largo plazo.
Y mientras la iniciativa privada flaquea, el Estado parcha con planes erráticos y decretos absurdos y la precariedad se normaliza como forma de vida, la población siente que no tiene ya nada que perder y peor aún, ya nada que ganar.
¿Qué horizonte puede vislumbrar un joven de 30 años que sigue dependiendo de sus padres? encadenando empleos que nada tienen que ver con su formación, contratos basura, rentas por los cielos y oportunidades prometidas por un Estado sin estrategia, pero con muchas excusas.
Hoy, paradójicamente, tenemos a la generación más preparada de la historia, pero convertidos en bonsáis: hermosos, pero condenados a un desarrollo raquítico dentro de un pequeño macetero, adónde sus raíces no tienen espacio para crecer.
Esto, algunos lo han denominado como LA ECONOMÍA DE LA POCA COSA, creer que con poco basta: alquila todo lo que puedas, como si poseer, fuera malo.
Literal, tenemos un sistema que nos quiere usuarios de todo y propietarios de nada…
Nos vemos cuando nos leamos.
