
Sebastián Godínez Rivera
Un clásico de la Ciencia Política es Samuel Huntington y su libro La Tercera Ola de la Democratización en el cual mediante el método comparativo, analiza cómo los autoritarismos en varias partes del mundo comenzaban a derrumbarse producto del triunfo de la democracia liberal y el quiebre del socialismo real. Sin embargo, el mundo ha cambiado mucho desde 1978 (fecha considerada como el parteaguas de la tercera ola) hasta 2010.
Hablar de estos treinta y dos años en el mundo, implica reconocer los procesos de institucionalización, democratización y explosión del pluralismo desde América hasta Oceanía. No obstante, la bonanza y alegría por la democracia comenzó a agotarse producto de la crisis económica de 2008-2009 y esta se acompañó de la aparición de líderes autoritarios que proponían un cambio en las sociedades. De acuerdo al informe V-DEM, el orbe atraviesa una tercera ola, pero de autocratización.
Para hablar de una tercera ola, obviamente debieron existir dos previas y así fue; la primera data de 1920 a 1940, identificada por la Crisis de 1929, el asesinato de la República de Weimar y el ascenso del nacionalsocialismo y el fascismo en Alemania e Italia. La segunda es ubicada entre 1955 y 1973, cuando los procesos de descolonización y revoluciones del Tercer Mundo no dieron como resultado democracias, sino regímenes autoritarios cimentados en el populismo y atravesados por la Guerra Fría.
Por último, encontramos a la tercera ola de autocratización que inició en 2010 y actualmente estamos inmersos en ella. La aparición de líderes autoritarios que ganan el poder a través de elecciones y socavan la democracia desde adentro es un elemento novedoso; ya no son los golpes de estados tradicionales, el derrocamiento de monarcas o eventos que representen un shock para las sociedades, al contrario la autocratización se ha vuelto delicada y casi imperceptible.
Mediante tácticas populares como la seducción con un discurso revestido de democracia, con mayorías parlamentarias que dinamitan los contrapesos, con visiones antagónicas entre los buenos y malos, la autocratización se hace presente. Además, los medios socio digitales se han vuelto una herramienta necesaria para llegar a un mayor número de mentes; con un swipe up, un click o un video el autoritarismo está al alcance de todos.
Cuando se habla de autocratización no necesariamente se habla de violencia como en el siglo XX; ya no hay noches de los cristales rotos como en la Alemania nazi; marchas sobre Italia como Mussoloni; o golpes de estado como los de Argentina y Chile con Rafael Videla o Augusto Pinochet respectivamente. Hoy la autocratización es popular, es decir, las políticas de mano dura se han vuelto atractivas y las personas están dispuestas a dejar la democracia a cambio de su seguridad como en El Salvador encabezado por Nayib Bukele quien es apodado “el dictador más cool del mundo”
Otros autócratas prefieren el nacionalismo radical y la reivindicación de los valores tradicionales como ocurre en Europa. Personajes como Marine Le Pen en Francia, Viktor Orbán en Hungría, Andrzej Duda en Polonia, Nigel Farage en Reino Unido o Vox en España. Estos personajes han cosechado un amplio número de seguidores a través de la capitalización del malestar con las élites, la falta de trabajo y el estancamiento económico.
Estos líderes tienen fuerza gracias al apoyo popular y el arrastre que tienen; pueden ser señalados de autoritarios por las prácticas que implementan como el control sobre el parlamento y el poder judicial; la censura; y el sometimiento de la oposición. No obstante, cuentan con legitimidad de ganar comicios, esto se conoce como autocracia electoral.
Algunos otros por su carisma logran seducir a la población y mediante el discurso logran permear en la mentalidad de la ciudadanía; personajes como Jair Bolsonaro de Brasil, Geert Wilders en Países Bajos, Rodrigo Duterte de Filipinas o Prabowo Subianto ejecutivo de Indonesia. Es importante realizar la distinción entre mentalidad e ideología; la primera corresponde a los regímenes autoritarios que moldean la vida de las personas, mientras que el segundo de acuerdo a Juan Linz, tiende a limitarse a la vida pública.
Los preceptos de la mentalidad autocrática en el siglo XXI descansan en el convencimiento de las mayorías que son quienes les permiten mantenerse en el poder. La concentración de poder se logra en aras de un supuesto bien mayor como el hacer grande a un país nuevamente, blindarse de la amenaza inmigratoria o hablar en nombre del pueblo. Algunos otros han cambiado su pasado autoritario y lo han maquillado para convencer a la población
Por ejemplo, en Indonesia el presidente Subianto contaba con un largo historial de encabezar los escuadrones de la muerte durante la dictadura, pero gracias a las redes sociales se construyó una imagen de abuelo tierno. Vladimir Putin en Rusia se ha erigido como columna vertebral de su nación; en Singapur el régimen del partido hegemónico se ha vuelto atractivo por el crecimiento económico que tiene el país; y desde China Xi Jing Ping comienza a exportar la seducción del control.
Esto no quiere decir que las viejas autocracia cerradas y los regímenes totalitarios hayan caído, al contrario, conviven con los nuevos autoritarismos e incluso son elogiados. Corea del Norte, Bioelorrusia o Nicaragua se han anclado en los viejos modelos de partido único. También están los autoritarismos competitivos como la Venezuela de Nicolás Maduro, gobiernos militares como en Myanmar o teocracias como Irán, Arabia Saudita o Qatar.
La tercera ola de autoccratización se ha encargado de conectar a los líderes liberales occidentales con personajes de larga data como el Ayatola Jamenei de Irán, Daniel Ortega de Nicaragua y Faustin Archange Touadera de la República Centroafricana. Mientras que los nuevos integrantes del club de los autócratas como Trump, Bukele, Xiomara Castro o Teodoro Obiang Nguema en Guinea Ecuatorial quienes se ven atraídos por el poder absoluto y el moldeamiento a su imagen y semejanza de los sistemas políticos.
El reto no es menor, pero mientras antes se reconozcan las opiniones y análisis de las y los expertos que han diagnosticado el estado de salud de la democracia en sus respectivas naciones. La tercera ola de autocratización es una realidad y cada vez logra mayores adeptos; la crisis de la democracia y la erosión institucional no solamente son responsabilidad de quienes ejercen el poder y sus seguidores, sino de quienes guardan silencio y optan por presenciar la muerte de la democracia.
