
Por Gustavo García
El nuevo poder judicial llega como quien estrena traje de segunda mano: se nota que no les queda, se les ve todo flojo en las mangas y hay a quien le aprieta en el cuello, pero lo importante es salir bien en la foto y escuchar “su señoría”.
La solemnidad es apenas un disfraz: detrás de la toga, todos esconden la verdad incómoda, esa que todos conocemos, aunque muchos callan y no admite en voz alta: este edificio se levantó sobre fraudes, no sobre votos limpios.
Es un tribunal con cimientos de cartón mojado.
No hablamos de jueces escogidos por su honor, sino como siempre lo hace la 4T, AMIGOS seleccionados con la misma lógica con la que uno invita al compadre que hace ruido en la familia: mejor tenerlo adentro, sentado y obediente, que afuera reclamando.
Por eso, cuando hablan de “imparcialidad”, lo dicen con una sonrisa sarcástica que ya es marca registrada del sistema.
Imparciales, claro… pero al servicio del patrón que los escogió para servirle.
En teoría deberían ser honorables árbitros, pero sabemos desde ya, que se comportaran como porteros de un club privado: no impartirán justicia, solo cuidarán la entrada para que nadie incómodo se cuele.
Y lo hacen con la seriedad de quien finge leer un expediente que jamás abrió y menos aún entiende, mientras cabizbajos esperan la señal del jefe para levantar la mano en el sentido que les sea dictado.
Ahora en México el fraude electoral no solo fabrica gobernantes, ya también produce jueces en serie.
Es la misma línea de montaje: primero se tuerce la urna, luego fingiendo también democracia, se acomoda la toga a los impuestos.
El resultado hoy es un poder judicial que no equilibrará nada, que no pesará nada y que sólo incomodará cuando por “chiripa” se atreva a recordar que debería servir a la gente.
Y como si el teatro no estuviera ya lo bastante ridiculizado, para llegar a este punto vimos al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dar su espectáculo: confirmando lo que todos sabían que iba a confirmar.
No fue una sesión de justicia, fue una gran función de circo.
Un tribunal que, en lugar de ser garante, terminó como maestro de ceremonias del engaño: micrófono en mano, aplauso incluido, y la convicción de que nadie se atreverá a apagarles la luz del escenario.
Hoy el régimen le llaman “nuevo comienzo”.
Sí, nuevo maquillaje… misma podredumbre.
Porque en este país, hoy la justicia no es ciega: actúa como actriz de reparto en una obra barata, con toga prestada, rostro adusto y la obediencia como único libreto.
Sin lugar a dudas hoy inicia un tiempo difícil para el país, donde la justicia que debería ser de todos, es presa del gobierno que buscará a como de lugar, castigar a quienes, en su ambición le resulten incómodos.
