
Por Gustavo García
En México, hoy se gobierna con ocurrencias.
La mediocridad se ha convertido en una constante que gobierna desde el corazón de la “Cuarta Transformación”.
Morena ha logrado lo que durante años pensamos que jamás seria rebasado, lograr transformar el absurdo en una política pública y la ineptitud en una “cualidad” que protege su falsa moral.
Desde la presidenta, pasando por gobernadores, legisladores y presidentes municipales, nos hacen participes de sus mentiras y su gobierno con su falso discurso de no mentir, no robar y no traicionar.
Con un tono sobrado y una sonrisa cínica, nos afirman todos los días desde sus absurdas “mañaneras” que todo va bien, que el país avanza, que hay felicidad que se puede medir, aunque sean cifras inventadas, falsas, pero que para ellos son valiosas, aunque sea evidente que se realizan, en su mayoría, con datos falsos.
Pero para Morena es fácil gobernar con la “ciencia” al servicio del espejismo: un país que vemos todos los días en ruinas, pero que sólo ellos aplauden, mostrando una enorme capacidad de autoengaño.
Los legisladores de Morena, convertidos en los nuevos loros legislativos, no debaten, no piensan, no corrigen, sólo repiten en voz alta, las palabras que les ordenan desde el ejecutivo y aprueban todo lo que les mandan, sin analizar lo que eso implica o perjudica, sólo importa que venga con el sello presidencial.
Sin lugar a dudas hoy son los guardianes del absurdo, de la mentira, su papel es obedecer, servir y callar.
En los estados, los gobernadores ausentes de su trabajo, haciendo negocios y protegiendo el abuso, la injusticia, igual que la presidencia y los congresos, compiten por ver quién es el campeón de la simulación.
Se presentan como “transformadores, innovadores, amantes del pueblo” cuando en realidad su entidad se desmorona, entre las necesidades básicas, violaciones a los derechos humano y un encarnado nepotismo recalcitrante que ni siquiera intentan disimular.
Puebla, Veracruz, Guerrero, Chiapas, Sinaloa, Tabasco, etc. cualquiera en este país, no importa a cuál se refieran los noticieros, todos idénticos en la incompetencia, la inseguridad, en el desorden y la falta de liderazgos.
Para los gobernantes de Morena la prioridad no es gobernar, es salir bien en la foto, de ser posible abrazando a la presidenta o repitiendo todas las consignas de ella, aunque sean las más absurdas.
En la nueva política mexicana, lo que importa hoy es la lealtad, aunque no se tenga la mínima capacidad y eso sí, que venga bien saturada del servilismo de los gobernantes, aunque ninguno pueda hablar de buenos resultados para sus gobernados.
Los presidentes municipales, pequeños criados del desastre federal, administrando los aplausos, sirviendo de edecanes para que los gobernadores brillen en sus visitas a los municipios y por supuesto, que no quede ni por error una sola silla vacía.
La basura en las calles no importa, las calles arruinadas ni las ven, los drenajes colapsados pueden esperar, porque lo que realmente cuenta es el video donde reconocen y agradecen hasta el cansancio la gran labor de la presidenta y el super apoyo del “Sr. Gobernador” y tal y como lo ordena Morena, no se gobierna, se improvisa cada día disfrazando y sobre todo simulando.
Y así los mexicanos vamos a bordo de un país en donde la mediocridad se volvió rentable y para los elegidos, los integrantes del primer círculo de poder, apareció la oportunidad de hacerse de una buena fortuna, adquirir la enorme residencia de sus sueños y por qué no, consentirse con unos buenos viajes al extranjero; eso sin olvidar la narrativa perfecta de “yo también soy del pueblo” esa que funciona de manera perfecta, aunque en la realidad el resultado sea un gobierno que parece una mala reunión de vecinos, mientras el país se desmorona con un enorme aplauso de fondo.
Hay que felicitar a Morena quien ha perfeccionado el arte de no hacer nada… pero eso sí, hacerlo con “harto” entusiasmo, se encargaron de demostrar que gobernar mal ya no es un error, hoy es una estrategia perfecta para engañar ilusos.
Porque en el México de hoy, ser mediocre no te margina, te promueve, te hace un “pensador social”, un “trovador de justicia”, un “resentido con voz”, alguien que, en una sociedad de competencia y méritos, sin duda, sería un lastre social.
Al final, lo peor no es que no sepan gobernar, sino que están convenientemente convencidos de que lo están haciendo bien.
