Imagina: antes de que una sola línea se convirtiera en ley, la detuvimos. Arturo Ávila intentó colar una modificación para censurar contenidos religiosos en redes sociales. Creyó que pasaría desapercibida. Se equivocó. Miles de mexicanos alzamos la voz al unísono, sin coordinador, sin partido, solo con el rechazo visceral a que nos dicten qué creer o decir. Reunió a sacerdotes, pastores, monjas y ministros; los miró a los ojos y se rindió. Retiró la propuesta. Punto final.
Esa es la victoria que muchos piden y pocos reconocen: un diputado de Morena, con todo el aparato atrás, dobló la rodilla ante la gente. No hicimos falta tanques ni barricadas; bastó con no callarnos.
Ahora pregúntate: si lo logramos desorganizados, ¿qué pasará cuando actuemos en serio? La reforma al Poder Judicial, la Ley de Inequidad que blinda a Morena, la revocación de mandato que se vende como democracia pero huele a control. Todas pueden acabar en el basurero. Solo necesitamos un frente único: no un partido ni una bandera, sino mexicanos que sepan que la libertad no se negocia por migajas.
La libertad de expresión no se defiende con hashtags, sino con organización. Un bloque indeleble, invendible, inquebrantable. Ya lo hicimos una vez. Podemos hacerlo siempre. Únete.
Pa’ atrás los fielders
