Por Gustavo García

Hay situaciones en este país derrumbándose, donde el silencio duele más que los golpes.

Donde el gas lacrimógeno no sólo duele en los ojos, lacera la conciencia.

Eso pasó el pasado 15 de noviembre de 2025 en la manifestación “Z”, cuando personas que sienten lastimada su dignidad, respeto y justicia salieron a las calles para reclamar al gobierno la necesidad de ser atendidos.

En respuesta, el gobierno respondió con ataques, descalificaciones y para rematar, en la plaza del zócalo con una violencia innecesaria, como si se tratara de delincuentes peligrosos para el estado.

De todo esto lo que más duele es la hipocresía, ese discurso lleno de palabras como “pueblo”, “libertad”, “transformación”, mientras quienes las pronuncian ordenan la represión contra su población, ¡esa!, la que deberían proteger, traicionando con esto todas sus promesas.

Lamentablemente vimos con sorpresa a jóvenes arrastrados, mujeres golpeadas, ancianos y niños gaseados y no porque cometieran actos indebidos, lo que hicieron fue alzar la voz ante un sinfín de agravios a la sociedad y por el evidente incremento irracional de la delincuencia en el país.

Pero llama la atención de manera especial que desde el gobierno se justifiquen diciendo que todo fue en razón de nuestra seguridad porque esa marcha estaba llena de infiltrados, que sólo se trató de tener todo “bajo control”.

Lo terrible es que lo dicen con una tranquilidad y un cinismo que asusta más que la propia violencia que invade el país y que provocó, de alguna manera esa protesta; esa reacción violenta del gobierno fue prácticamente advertida desde la semana anterior en la “conferencia mañanera” y fue anunciada desde la voz de la presidenta.

Es lamentable ver cómo, los que en su momento iniciaron su lucha desde las marchas, ahora justifican los golpes e incluso se lamentan por el daño que vivieron los “granaderos”, que, dicho sea de paso, desde hace ya un tiempo anunciaron desparecerían de la CDMX.

Es sorprendente que todos esos que se indignaron hace años con la agresión de la fuerza pública, hoy desde las redes se burlan y revictimizan a quienes fueron violentados, volviéndose cómplices de actos que dañan los derechos humanos de toda una sociedad que deberían ser respetados y hacerse respetar por el estado.

Salir a la calle en una manifestación a decir: “me importo, me importas, no estoy de acuerdo, no puedo quedarme callado”, no es porque creamos que todo cambiará de inmediato, incluso no significa pensar que seremos escuchados, pero es un acto valiente que no nos hace cómplices, porque callar seria simplemente un acto contra la búsqueda de una sociedad más justa.                                        

Hay gobernantes que creen que el gas puede silenciar voluntades, que los golpes pueden apagar las ganas de justicia, que el miedo podría borrar el deseo de vivir un país más justo, pero también en eso se equivocan.

Quizá el gobierno con su reacción violenta logrará dispersar a la gente por un rato, escribir informes donde todo lo nieguen y digan que no sucede nada, pero no saben que con eso no podrán apagar la semilla de la indignación, porque la gobernabilidad no se puede obtener por decreto o por panfletos de apoyo entre gobernantes cómplices.

Sólo queda agradecer a todos esos que marcharon (jóvenes y viejos) por recordarnos que aún hay almas con valor para luchar con todo el riesgo y dolor antes de vivir arrodillados.

 Y no hay que dejar de decir a quienes ostentan el poder y que olvidaron que alguna vez en campaña prometieron proteger y escuchar a la gente, que hay una realidad que la historia nunca permitirá olvidar ni ocultar: hubo un día en que la gente los apoyó buscando vivir en un lugar mejor y después, fueron olvidados y traicionados por quienes hoy les deben todo, ese día que, desde el fondo de su alma, pidieron ser escuchados y sólo recibieron golpes.