Conexión México

Por Ruby Soriano

La caída del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro articuló en México, el nado sincronizado que, desde la Presidencia de la República, alentó el pronunciamiento de Claudia Sheinbaum quien reprobó la irrupción del gobierno norteamericano en territorio venezolano.

La maquinaria de propaganda y difusión que el gobierno morenista usa para estos temas, exhibió su abierto respaldo a un gobierno que cobijó una dictadura donde por años se violaron los derechos humanos y se debilitó una democracia que se convirtió en el artífice para que un sólo hombre ejerciera un poder lacerante y ominoso. 

El embate norteamericano al gobierno de Maduro, provocó que el ex Presidente Andrés Manuel López Obrador saliera en sus redes sociales a reprobar la acción norteamericana arguyendo que la «política no es imposición».

Pero al ex mandatario parece se le olvidó que durante su sexenio impuso una política de debilitamiento a las autonomías de la democracia como fue la consumación de su reforma judicial y la desaparición de organismos autónomos.

López Obrador le dio un espaldarazo a la Presidenta Sheinbaum, que sirvió para alentar la salida de los acostumbrados comunicados morenistas de gobernadores y propagandistas del régimen, quienes arengaron protestas en la embajada norteamericana.

México cobró reflectores en el tema venezolano con las declaraciones del Presidente Trump al señalar que en México gobiernan los cárteles del narcotráfico.

En el expediente que se le imputó al ex presidente Venezolano, se menciona a México en más de una decena de ocasiones, donde se documentan las redes delincuenciales con cárteles mexicanos (El de Sinaloa y Los Zetas).

La salida de Nicolás Maduro sin duda es oxígeno para el pueblo venezolano. Sin embargo, la irrupción norteamericana prende alarmas ante las formas que brincaron propiamente la soberanía y los acuerdos internacionales.

La tajante declaración de Trump al minimizar la fuerza de María Corina Machado, obliga a los venezolanos a exigir el resurgimiento de un país para ellos y evitar que esto pueda detonar algo que no se merece ese país.

El mapa de América Latina ha cambiado. Pero el verdadero reto, será que Venezuela recupere soberanía, democracia y paz social.

Les comparto una de las reflexiones más acertadas que circuló en redes sociales a cargo del escritor chileno Rafael Gumucio:

Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.

Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.

La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.

Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.

Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un «pero» listo antes que un abrazo.

Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.

Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.

Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.

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