
Sebastián Godínez Rivera
La primera quincena de 2026 estuvo marcada por una desafortunada declaración del eterno sesentayochero y hoy presidente de la Comisión Presidencial de la Reforma Electoral, Pablo Gómez. Integrantes del Consejo General del INE entregaron una serie de propuestas entre las que destacó “mantener la imparcialidad, autonomía y profesionalización del servicio profesional electoral, así como del instituto”.
Gómez fiel a su formación izquierdista del Partido Comunista no tardó en señalar que “un órgano administrativo como el INE no puede ser autónomo, pero debe tener independencia en sus resoluciones”. Su declaración no es cosa menor, en palabras de López Obrador se han quitado las máscaras demostrando que cualquier rasgo de autonomía en las instituciones, periodistas o academia es una amenaza a su proyecto autoritario.
El gobierno se jacta de que la presidenta se escribe con “A”, también autoritarismo, autocracia y hasta ignorancia llevan esa letra, sin embargo, se ha exhibido que la A incómoda es la de AUTONOMÍA. Hoy quienes tienen el poder ya no quieren que otros tengan la oportunidad de ocuparlo, una reforma electoral monocolor es sinónimo de desprecio a las minorías.
En un lejano 1977 el otrora sistema autoritario del PRI comenzó su declive y el entonces titular de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, impulsó una reforma para legitimar el sistema y dar voz a las minorías. Durante la década de los ochenta la Comisión Federal Electoral organizaba las elecciones y el punto de quiebre fue en 1988 cuando el sistema cayó y calló como escribió Martha Anaya. La entonces oposición exigió autonomía e imparcialidad en la autoridad comicial, entre ellos varios pseudo izquierdistas que hoy militan en Morena.
Fue hasta 1996 cuando la autoridad administrativa logró plena autonomía con José Woldenberg como presidente del Consejo General del IFE. Hoy quienes proponen sepultar la democracia olvidan el sacrificio de Heberto Castillo, Rosario Ibarra de Piedra, Manuel Clouthier, Carlos Madrazo, Marcela Lombardo Otero entre otros que pugnaron por la democracia en este país.
La autonomía no es un privilegio, sino un derecho que se ganó con sangre, los morenistas se olvidan que cuando militaban en el PRD fue ese partido quien puso los muertos para la construcción de la democracia. Por otro lado, los panistas accedieron a enfrentar al régimen hegemónico a través de los cauces institucionales para democratizar espacios. Y hubo priístas como Carlos Madrazo, Jesús Reyes Heroles o Arturo Núñez quienes en su momento pugnaron por la apertura del sistema.
No se han conformado con someter periodistas, derribar al poder judicial, silenciar a los pueblos indígenas, pisotear la constitución y borrar de un plumazo a los órganos autónomos, ahora quieren la democracia. La mayoría se erige como faro de una verdad palaciega y sorda que hace su voluntad moldeando el país como un traje a la medida. Los sepultureros de la autonomía se visten con ropajes de demócratas y repiten hasta el cansancio que la democracia es cara y quieren reducir sus costos, pero nadie les cree.
Quieren elecciones marca bienestar, es decir, sin conocimiento pero con firme lealtad al partido en el gobierno y por eso les molesta la profesionalización de las y los trabajadores electorales. Han linchado a quienes votan en contra de los intereses morenistas y abrieron procedimientos contra integrantes del Consejo General y en su momento, hasta ataúdes de cartón con nombres de consejeros desfilaron por las calles demostrando su intolerancia.
Como los chacales que habitan en África buscan cualquier presa para abalanzarse sobre ella, sin embargo, esos animales tienen más dignidad porque lo hacen por instinto, los morenistas lo hacen por venganza. La autonomía es el último pilar de lo que queda de la moribunda república, el INE no es el último clavo del ataúd sino el penúltimo, porque tienen en la mira a la máxima casa de estudios a la que no dejan de atacar.
