Sebastián Godínez Rivera

La presidenta Claudia Sheinbaum en su conferencia mañanera cuestionó la celebración de un foro denominado “Democracia vs Autoritarismo” y repitió que las primeras dos décadas del siglo XXI el país fue víctima de fraudes electorales. Agregó que en 2006 López Obrador ganó, pero las élites le robaron el triunfo. La presidenta hace una interpretación ramplona y falaz de la historia puesto que en diversos estudios ya se comprobó que con el recuento de ese año la ventaja de Felipe Calderón se elevó.

El mito del fraude electoral es algo que le encanta a Morena y al lopezobradorismo, aparece cada vez que no pueden ganar una elección como en 2006, 2012 y el tabasqueño todavía se jactó de decir que hubo fraude en 2018, pero pudieron frenarlo. Sin embargo, hay un pasaje delirante de la historia del México democrático en el que los entonces perredistas, hoy morenistas, encabezados por López Obrador formaron un gobierno legítimo.

Andrés Manuel López Obrador mostrando su talante antidemocrático y la ambición de poder que siempre lo caracterizó, decidió proclamarse presidente legítimo. Con una puesta en escena digna de Jesusa Rodríguez, el tabasqueño se invistió como presidente en el Zócalo de la Ciudad de México; la banda se la puso Rosario Ibarra de Piedra y nombró un gabinete paralelo al del gobierno constitucional de ese entonces.

Este episodio ha sido uno de los más polémicos de la vida pública del país, a pesar de que sus simpatizantes defienden que fue la ciudadanía la que optó por nombrarlo presidente legítimo en vez de coordinador de la resistencia a través de una consulta a mano alzada. En ese momento declaró que mantendría la Convención Nacional Democrática (CND) como órgano órgano para tomar las principales decisiones. 

Más allá de las filias y fobias lo cierto es que es un episodio delirante digno de una obra surrealista del pintor de Salvador Dalí o sacada de un libro de Juan Rulfo, padre del realismo mágico. El gobierno legítimo denota la mentalidad autoritaria de varios morenistas y su devoción por López Obrador como la encarnación del pueblo y fundador de un movimiento que ha dinamitado los contrapesos en México. 

Afortunadamente autoras como Guadalupe Loaeza que en su momento simpatizaron con el tabasqueño dejaron testimonios sobre su desencanto con él y lo que fue esa ceremonia. En una entrevista en la Universidad Iberoamericana la autora señaló que presenciar la ceremonia en el Zócalo fue delirante y agregó “en los portales pude ver a una señora idéntica a mí que me decía estás loca, ¿cómo puedes avalar algo así?”. 

La figura del expresidente ha estado rodeada de un misticismo político que se traduce en un intento de mesianismo, es decir, el hombre que viene con una misión cósmica de reivindicar, salvar, transformar e imponer su voluntad en nombre de todos. Fue el 20 de noviembre cuando López Obrador llevó a cabo su evento, fecha en la que Francisco I. Madero llamó a la revolución contra el gobierno de Porfirio Díaz Mori.

Envolviéndose en la verborrea y los ideales democráticos se erigió como un caudillo moderno que desafiaba al gobierno electo y las instituciones. El delirio de López Obrador no quedó ahí sino que formó comités de lucha, viajó por el país y hasta percibió un salario como presidente legítimo proveniente de las cuotas de la militancia del PRD que accedió a solventar su aventura.

El tabasqueño construyó un movimiento desde las bases que le permitió contender en 2012 nuevamente y perdió, pero sería hasta 2018 cuando logró alcanzar el poder. El gobierno legítimo es uno de los episodios más polémicos para unos, pero es alabado por sus simpatizantes. En ese momento nació el hombre-pueblo y el deseo por alcanzar el poder se volvió una ambición personal. 

Quienes hoy gobiernan se jactan de ese momento como sinónimo de lucha, pero en realidad representó el parteaguas entre la democracia y el autoritarismo. Geoffrey W. Grayson escribió el libro Mesías Mexicano en el cual hace un retrato de López y su capacidad de redimir, emocionar y movilizar a las masas. Asimismo abordó el periodo de la presidencia legítima como un parteaguas en la develación del populismo obradorista.

Quizá la presidenta debería tener más cuidado porque acusa de autoritarismo a personas que no comulgan con su movimiento, pero fueron los que hoy gobiernan quienes formaron un gobierno paralelo al no reconocer su derrota. El delirio es una constante en el morenismo, los fraudes son el combustible de su discurso y las mentiras se disfrazan de argumentos.