Por Luz Éricka Vélez Moreno

Si Estados Unidos no intervenía, nadie lo iba a hacer.

No porque no hubiera interés en lo que está pasando en Venezuela, sino porque nadie más está dispuesto a tan descaradamente saltarse la soberanía de ese país y mucho menos al derecho internacional. No China, no Europa, mucho menos los organismos internacionales.

Y eso habla mucho del sistema internacional en el que vivimos, ¿no?

Ha habido un discurso muy insistente acerca de una supuesta liberación del pueblo venezolano. Pero hay que recordar y comprender algo fundamental: quitar la cara no significa quitar la estructura detrás. Quitar a un líder no va a eliminar las redes de narcotráfico, no va a reconstruir instituciones, no limpia la corrupción. El crimen organizado –como sabemos– no es una persona, es un sistema. Y la corrupción no se va a derrotar con una intervención, sino con el Estado de derecho.

Maduro ya no es presidente, pero el chavismo sigue en el poder.

El gran polo patriótico tiene 235 de 285 escaños en la Asamblea Nacional. El 5 de enero inició su periodo legislativo hasta 2031. Ese mismo chavismo controla organismos clave como el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia, cuyos magistrados también son designados por la Asamblea y el llamado poder ciudadano: su Fiscalía, la Contraloría General y la Defensoría del Pueblo. Instituciones que, en teoría, deberían ser contrapesos, libres de ideologías políticas.

Entonces sí, Maduro se fue, pero el poder lo sigue teniendo su administración. Por eso, no, esto no es una liberación y mucho menos cuando el costo es el propio derecho internacional.

Cada vez que una potencia decide intervenir “porque nadie más puede” lo que se erosiona no solo es la soberanía de otro Estado, sino la idea misma de si las reglas importan. Se normaliza la impunidad de los estados y el derecho deja de ser un límite para convertirse en un recurso selectivo.

Ahora bien, también tenemos que ser honestos. Los organismos internacionales cada vez están más debilitados, pero no porque el multilateralismo sea inútil, sino porque los organismos se rehúsan a reformarse.

Las instituciones que hoy gobiernan nuestra paz, nuestra seguridad global, fueron creadas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial con una preocupación muy clara, muy válida para 1945: evitar una Tercera Guerra Mundial. Pero el método de guerra que usamos después de la Segunda Guerra Mundial ya no es la manera en que hacemos guerra al día de hoy. Hoy hablamos de una guerra sin declaración, de actores no estatales, de redes criminales transnacionales, de narcoestados, de conflictos híbridos que no caben ya en las categorías jurídicas de 1945.

Los problemas han cambiado y la manera de hacer guerra ya cambió también, pero nuestras instituciones internacionales no. Y cuando las instituciones no se adaptan, dejan vacíos. y esos vacíos siempre los va a llenar el poder.

Por eso no me sorprende que Estados Unidos haya intervenido. No porque sea una acción legítima o una acción que yo apoye, sino porque el sistema no lo detiene. El multilateralismo actual no ofrece respuestas eficaces. La diplomacia preventiva llega tarde.

El dilema es muy claro:

Si se interviene, se viola el derecho internacional.

Si no se interviene, se siguen violentando derechos humanos.

No hay una decisión sin un costo.

Y aquí es donde quiero conectar esto con algo que se dijo recientemente en el Foro Económico Mundial. Donald Trump afirmó que él es un dictador, pero que a veces el mundo necesita uno. Y esa frase, más allá de lo provocadora, de lo polémica, refleja algo muy inquietante: la normalización de la idea de que el orden, la estabilidad o la eficacia pueden justificar la concentración de poder y la excepción permanente.

Ese es el verdadero peligro. No sólo que una potencia actúe, sino que vamos a empezar a aceptar que el poder sin límites es necesario, porque las reglas del juego ya no funcionan.

Y aquí retomo algo que me pareció profundamente importante de remarcar que dijo Mark Carney, primer ministro de Canadá. Él dijo que durante décadas hemos vivido dentro de una ficción muy cómoda, la del orden internacional basado en reglas. Sabíamos que no siempre funcionaba como se prometía, pero siempre colocábamos el letrero en la ventana y actuábamos como si fuera verdad, porque nos convenía.

Hoy esa visión se ha roto. El problema no es que el mundo haya cambiado, el problema es que seguimos actuando como si no lo hubiera hecho. Carney retoma a Václav Havel y habla sobre vivir dentro de la mentira, de sostener sistemas no porque creamos en ellos, sino porque es más fácil que cuestionarlos. Y nos recuerda que el poder de esos sistemas no sólo viene de la fuerza, sino de nuestra disposición a seguir fingiendo que funcionan.

Lo verdaderamente peligroso no es la intervención per se, lo verdaderamente peligroso es que si los organismos internacionales no innovan su manera de hacer diplomacia, de prevenir conflictos y de responder a nuevas formas de violencia, van a terminar provocando exactamente lo contrario de aquello para lo que fueron creados. No va a haber una paz duradera, sino un mundo donde la fuerza vuelve a ser el árbitro final. No porque el derecho haya fallado, sino porque se negó a transformarse.

Y quizá, como diría Carney, el primer paso no es buscar un nuevo orden internacional perfecto, sino dejar de fingir que el viejo todavía funciona.

Y todo esto, en el fondo, es geopolítica.

No sólo porque Venezuela sea estratégica por sus reservas energéticas o por su ubicación, sino porque se ha convertido en un escenario donde se cruzan las tensiones del orden internacional actual. Esta rivalidad entre grandes potencias, el debilitamiento de las reglas multilaterales y el retorno del poder como principal organizador del sistema.

Lo que vemos hoy no es un caso aislado, sino una señal de un mundo en transición, o más bien, en ruptura. Donde la legalidad internacional ya no estructura el comportamiento de los estados, sino que lo sigue cuando puede.

En este contexto, la intervención no es una anomalía, es un simple síntoma. El reflejo de un sistema geopolítico en el que el equilibrio ya no se construye sobre normas compartidas, sino sobre la capacidad de imponer costos.

Y mientras no se redefina colectivamente cómo se ejerce el poder, cómo prevenir conflictos y cómo responder a las amenazas transnacionales, vamos a seguir viendo cómo la geopolítica se impone al derecho. No porque sea deseable, sino porque el sistema actual no ofrece una alternativa creíble ni una eficiente.

Y quisiera cerrar con algo fundamental. Nada de lo que acabo de decir sirve si no ejercitamos el pensamiento crítico.

En un mundo saturado de narrativas, de propaganda y de desinformación, pensar críticamente ya no es una habilidad académica, es una responsabilidad cívica.

No permitan que la inteligencia artificial los intimide. La IA no es nuestra enemiga, al contrario, está aquí para ayudarnos a investigar mejor, a ser más eficientes, a contrastar información y a ampliar perspectivas, pero como toda herramienta poderosa, depende de cómo la usemos. Un gran poder viene con una gran responsabilidad y la responsabilidad sigue siendo de nosotros. No deleguen su criterio, no renuncien a la duda y no sustituyan el análisis por respuestas automatizadas.

No dejemos que nos quiten lo más importante: el conocimiento.

Siéntense a conversar con sus profesores, con sus compañeras y compañeros, inviten a la conversación, construyan espacios de diálogo con todas las perspectivas posibles, sin miedos, sin límites impuestos por ideologías políticas, sin colores. El pensamiento crítico no nace del acuerdo.

Practiquen la alfabetización mediática, cuestionen las fuentes, verifiquen la información, entiendan quién habla, desde dónde lo hace y con qué intereses. No todo lo que circula es verdad, pero tampoco es mentira. El reto está en aprender a distinguir.

Y sobre todo, ejerzan sus derechos y sus obligaciones ciudadanas. Participen, cuestionen, investiguen, exijan. Créanme, sí impacta. El cambio no siempre es inmediato ni visible, pero la apatía siempre va a beneficiar al poder y nunca al estado de derecho.


Sobre la autora:

Luz Ericka Vélez Moreno es estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales en el Tecnológico de Monterrey, con un perfil enfocado en gobernanza global, política pública y participación ciudadana. Actualmente se desempeña como Directora Nacional de Urban Youth Lab, una organización dedicada a la participación ciudadana en temas de urbanismo y desarrollo sostenible, desde donde coordina iniciativas juveniles con impacto territorial y enfoque de sostenibilidad.

Es también Presidenta de la Global Affairs Society, sociedad estudiantil especializada en asuntos globales, Agenda 2030 y análisis de problemáticas internacionales, desde la cual impulsa espacios de diálogo académico, formación política y vinculación con actores institucionales.

Luz Ericka lidera además el Public Policy Youth Lab, un laboratorio juvenil de políticas públicas recientemente avalado por el Institute of Public Policy & Diplomacy Research (IPPDR), enfocado en el diseño, análisis y discusión de propuestas de política pública desde una perspectiva juvenil, democrática y basada en evidencia.

Cuenta con amplia experiencia en Modelos de Naciones Unidas, habiendo participado en más de quince conferencias nacionales e internacionales, así como en la organización y dirección de ejercicios de simulación diplomática. Ha participado en foros internacionales, espacios vinculados a la Agenda 2030 y encuentros de liderazgo juvenil, y ha colaborado con organismos y actores relacionados con el sistema de Naciones Unidas.

En el ámbito cívico-electoral, ha sido observadora electoral certificada, participando en procesos de vigilancia democrática, y ha colaborado en tareas de asesoramiento legislativo y apoyo técnico, particularmente en investigación, análisis normativo y participación ciudadana.

Su trabajo se caracteriza por un enfoque crítico sobre el sistema internacional, el respeto al derecho internacional, el fortalecimiento institucional y el papel de las juventudes en la construcción de democracias más justas.

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