
Sebastián Godínez Rivera
Una afirmación recorre el mundo, la afirmación de un nuevo orden mundial. Peter Katzenstein entiende que el nacimiento de algo nuevo se caracteriza por una secuencia de estallidos irregulares que moldean las relaciones de poder entre naciones. Incluso no todos los acuerdos son constitutivos de un nuevo orden como lo plantearon Metternich y Castlereagh en el Congreso de Viena de 1814 al término de las guerras napoleónicas.
Estos personajes buscaron acuerdos entre potencias que dieran paso a un orden duradero basado en la inclusión de países derrotados que fungieron como equilibrio. Por otro lado, los síntomas que permiten identificar cambios sistémicos tiene que ver con replantear instituciones y reglas que ratifiquen las nuevas realidades, por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética sentaron las bases del mundo bipolar en las conferencias de Yalta, Postdam y Teherán.
La división de Alemania en cuatro cuartos, el nacimiento del Telón de Hierro que dividió el mundo capitalista del socialista y la imposición de modelos económicos fueron eventos que marcaron el nacimiento del nuevo orden. Ahora bien, hay tres elemento que denotan el surgimiento de cambios profundos: 1) discusiones normativas y principios de orden que se discuten entre jefes de estado; 2) la integración de los vencidos de forma progresiva; y 3) los cambios internos afectaron la política interna como garantes de estabilidad.
Cabe destacar que las rupturas y la incertidumbre respecto al poder de las naciones conduce a un proceso complejo de elaboración de normas y creación de instituciones. Diversos autores cuestionan el surgimiento de los órdenes post bélicos de 1814 en Viena, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda (1938-1945) producto de las condiciones de los vencedores y los grados de ruptura sistémica.
Diversas corrientes del pensamiento internacional marcadas por el realismo político han señalado que la creación de un nuevo orden es producto del ascenso y caída de nuevos actores políticos que buscan la dominación, según Gilpin. Por otro lado, Kenneth Waltz postuló que el orden internacional es un conjunto de procesos internos y externos que buscan el equilibrio. A pesar de ser dos visiones con tesis distintas estas tienen puntos de convergencia.
Por ejemplo, el orden surgido de 1815 se debió al impulso del conservadurismo reaccionario basado en la promoción de monarquías absolutas que sofocaban el liberalismo. Los grandes imperios como Austria y Reino Unido promovieron el absolutismo e incluyeron a potencias pequeñas para limitar el poder francés y la expansión rusa. Los vencedores se erigieron en los arquitectos del orden que construyó estabilidad hasta la Primera Guerra.
En ese sentido la guerra de 1914-1918 confirmó la tesis de Gilpin, cuando los imperios centrales cayeron Austria-Hungría, Turco-Otomano y Prusia desaparecieron, las naciones vencedoras reconstruyeron el mapa, segmentando a los vencedores e imponiendo duras condiciones. En ciencias sociales se debatirá que el orden surgido de esta guerra gestó el malestar de los derrotados para que en 1938 estallara la Segunda Guerra Mundial.
Mientras que desde el punto de vista de Waltz las condiciones internas y externas que detonaron las conflagraciones abrieron paso para la construcción de un nuevo orden. Este es el más visible en 1945 al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando nacen diversas instituciones como la Organización de las Naciones Unidas o en el terreno económico se establece el patrón oro-dólar conocido como Bretton Woods.
Sin embargo, estas no son las únicas teorías que existen, sino que desde la tradición liberal se promovió la visión de que las instituciones evolucionan de forma progresiva producto de las demandas sociales. Según los liberales las condiciones de la sociedad, los procesos de modernización y tecnológicos plantean los cambios a los gobiernos y actores. En ese sentido existen cuatro elementos que forjaron el orden internacional: 1) los Estados son gobiernos que reaccionan a presiones internas y externas; 2) distingue entre los actores estatales y externos; 3) el régimen y las instituciones internacionales se retroalimentan; y 4) considera el aprendizaje como el vehículo de cambio.
Respecto a la lógica liberal estos elementos no constituyen una teoría, sino un proceso entendido como una serie de pasos que marcan cambios en las instituciones y las naciones respecto al poder institucional. Por ejemplo, tras el fin de la Guerra Fría con la caída del socialismo real en 1991 se consideró que el fin de la historia había llegado, por lo tanto, la democracia y el capitalismo se adoptarían en todo el mundo, cosa que no ocurrió.
La presidencia de regímenes autoritarios o híbridos en el mundo derrumbó dicha afirmación de Francis Fukuyama, como lo sentenció Marco Rubio durante la Conferencia de Seguridad de Múnich. La lógica liberal planteó un proceso de cambio visto desde las transiciones a la democracia, pero no una teoría clara con todos sus elementos para entender la formación del orden internacional.
