
Hay gobiernos que pecan por omisión, otros por exceso… y luego está el gobierno de Alejandro Armenta, un gobierno que suele tropezarse con la misma piedra todos los días, pero ahora con más poder, más presupuesto, más reflectores y aunque pareciera una contradicción, menos rumbo.
Lo que los poblanos estamos observando todos los días no es una serie de errores casuales o torpezas de funcionarios extraviados.
Es una forma de gobernar donde queda claro que la improvisación a desplazado totalmente a la planeación y donde las ocurrencias se van disfrazando de manera pésima, de políticas públicas.
Porque no puede ser normal que decisiones que implican millones de pesos en recursos públicos, se anuncien sin reglas claras, sin algún mecanismo de control y sin una explicación jurídica sólida, que respalde cada una de las acciones del gobierno en turno.
Cuando el “poder” se ejerce así, no hay estrategia, sólo hay un arrebatado impulso, ocurrencias, arranques y una nula visión de lo que el ciudadano realmente necesita.
Y gobernar a ocurrencias y caprichos es la forma más peligrosa de equivocarse.
Por esta razón, el problema de fondo no es sólo qué se actúa sin pensarlo detenidamente, sino que se haceen ese afán de mostrar, quien tiene el dominio.
Programas que nacen sin estructura sólida, con más dudas que beneficios, anuncios que contradicen la leyde manera flagrante, narrativas que van cambiandosegún el día y humor del gobernante, funcionarios que parecen más preocupados por “lucir su imagen” y justificar lo que les ordenan, sin una razón solida que permita creerles, lo que demuestra que su labor no es gobernar, es sólo tratar de “reaccionar” y hay que decir que, en la política, reaccionar es llegar tarde.
Y debe quedarle claro al gobierno que este desorden no genera solo ruido mediático e inconformidad social, genera consecuencias reales a mediano y largo plazo, va debilitando las instituciones, rompe de tajo la confianza pública y abre la puerta a responsabilidades administrativas, algo que, si se trabaja de manera seria y profesional, se puede evitar; con algo tan elemental como seguir el orden y respetar la ley.
Pero el gobierno poblano funciona como si la forma fuera lo único importante y el fondo bastara con pronunciarlo.
Olvidan que en el ejercicio del poder la legalidad no es un trámite incómodo, al contrario, es la base fundamental que separa al gobierno de cualquierarbitrariedad.
Hoy Puebla enfrentamos un gobierno que no justifica sus decisiones, donde sus proyectos no van anclados de manera clara a la ley, no se explican de manera detallada.
Solamente un día se anuncian un gran proyecto, al siguiente se matiza con un discurso “bonito” sin olvidar a la presidenta, y al tercero, cuando se piden cuentas del mismo, se reacciona y se trata de justificar echando culpas o recurriendo al recuerdo de gobernantes del pasado.
Y este no sólo es un problema de comunicación o un grupo pequeño de inconformes que se inconforman, es un problema de quienes lo conducen de manera desordenada.
Porque cuando hay proyectos serios, planeación gubernamental y profesionalismo de los funcionarios, los mensajes son coherentes, sin dudas que saltan al minuto de presentarlos.
Pero cuando se gobierna con ocurrencias, sin tener idea de un plan de gobierno, todas las declaraciones se convierten en control de daños y justificaciones huecas.
Habría que decirle a quien gobierna, que gobernar no es improvisar con micrófono en mano, cada vez que se tiene una cámara enfrente.
Es adelantarse, estructurar y ejecutar con plena responsabilidad.
Hoy en el estado de Puebla sólo vemos un gobierno que en casi todo lo que intenta, muestra un desorden sin ningún orden y debe quedarle claro, que cuando el orden se pierde en los gobiernos, el costo ya no es político, se convierte en un gran costo público que antes o después tendrá que pagar.
Gustavo García
