
Sebastian Godínez Rivera
Karl Marx acuñó la frase que ”la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa” cita del libro El dieciocho brumario de Luis Napoleón. El mundo está viviendo tiempos estelares, algunas voces señalan que la segunda década de los 2000 se parece al periodo de 1920-1926. Sin embargo, al menos en hechos políticos nacionales e internacionales el mundo se asemeja más a la turbulenta década de los sesenta.
El siglo pasado Estados Unidos se disputaba la hegemonía del mundo con la extinta Unión Soviética, hoy lo hace con su heredera la Federación Rusa y China, en un tablero donde buscan reconfigurar el orden mundial. La creación de polos de poder permitiría el surgimiento de un modelo tripartita en el que las democracias occidentales ya no serían la columna vertebral, sino las autocracias.
El liberalismo agoniza, pero no el capitalismo y ahora y no hay un socialismo que impulse la guerra ideológica. Stalin y Krushev fueron reemplazados por Vladimir Putin; Mao Tse Tung y el comunismo chino están extintos, pues es Xi Jinping quien con una economía de libre mercado inunda las economías del orbe. En Estados Unidos Roosevelt y Eisenhower erigieron su nación como faro de la democracia, hoy Trump mediante la fuerza cohesiona a la ciudadanía con promesas de regresar la grandeza al país.
Los protagonistas del mundo cambiaron tras la caída del Muro de Berlín y desde 2015 como segundo acto han aparecido nuevos. La tensión entre potencias no es nueva, pero si la forma en la que actúan, el siglo pasado se enfrentaban movimientos nacionalistas contra socialistas, hoy lo hacen en las urnas en algunos casos. Estados Unidos ha reclamado el control del continente americano a través de gobiernos aliados, política arancelaria y amenazas. Ya no está Henry Kissinger en el Departamento de Estado, sino Marco Rubio.
Ya no hay doctrina de seguridad nacional, encargada de apoyar dictaduras en América Latina. La Doctrina Monroe 2.0 se basa no solo en el control de todo el continente, sino en el apoyo a gobiernos de derecha como los de Argentina, El Salvador, Ecuador, Perú, Bolivia, Panamá, Costa Rica y próximamente Chile. El viejo izquierdismo revolucionario sigue presente en pocas naciones latinoamericanas como Cuba y Nicaragua aisladas del mundo presencian el derrumbe de los falsos profetas que un día prometieron democracia.
La captura de Nicolás Maduro y las presiones sobre el gobierno interino de Delcy Rodríguez son una demostración de fuerza para aliados y adversarios. El Caribe se convirtió en un centro de operaciones navales, en el que Estados Unidos demuestra su poderío militar y en palabras del vicepresidente J.D. Vance “somos una potencia y nos comportaremos como tal”. Trump exige que Dinamarca ceda Groenlandia porque es fundamental para la seguridad nacional, Washington está delimitando su espacio vital.
El siglo pasado en África y Asia se dieron las guerras de descolonización de varias naciones, caudillos rebeldes expulsaban de sus territorios a las viejas potencias coloniales como Reino Unido y Francia. Hoy algunos herederos de esos movimientos se han anclado en el poder formando autocracias como la de Paul Biya en Camerún, Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial, Denis Nguesso en República del Congo, Yoweri Museveni de Uganda o Isaias Afwerki de Eritrea se han anquilosado en sus países.
Asumieron el poder en los albores de las independencias y las guerras de descolonización, pero hoy fungen como diques contra la democracia. Los golpes de estado siguen presentes como en Malí, Burkina Faso, Guinea Bissau o Níger están encabezados por juntas militares de corte nacionalista. El caso más emblemático es el de Ibrahim Traoré de Burkina, es un líder carismático, panafricanista y anticolonialista, similar a Tomás Sankara o al ghanés, Kwame Nkrumah del siglo XX.
Mientras tanto Europa enfrenta una oleada de movimientos nacionalistas que rechazan la Unión Europea. Francia, España, Reino Unido y Alemania hasta el momento se han blindado de la seducción populista, pero naciones vecinas como Bélgica, Italia, Croacia, Hungría y Polonia tienen gobiernos de corte derechista radical. El Muro de Berlín que cayó en 1989 hoy reaparece como un muro ideológico que separa al bloque europeísta del nacionalista. República Checa, Eslovaquia, Eslovenia y Hungría son gobernados por primeros ministros nacionalistas y que son apoyados por Rusia.
Las fronteras ideológicas recobraron su cauce como un río, pero esto no termina aquí. En Europa Oriental la guerra ruso-ucraniana no ha cesado producto de la reconfiguración de las zonas de influencia rusa. Putin quiere detener el avance de partidos europeístas en oriente porque amenazan su espacio vital; los rusos aún controlan el cinturón de naciones euroasiáticas que alguna vez fueron territorio soviético, pero no es suficiente.
La reconfiguración mundial no es un capricho de la potencias, sino que surgió a partir de la necesidad de subsanar el desequilibrio hegemónico. El devenir del tablero mundial deberá concluir con una restauración del orden como ocurrió tras el fin de las Guerras Napoleónicas, con la Pax Británica y esta fue reemplazada por la Pax Americana que muestra avanzados síntomas de agotamiento.
