
Sebastián Godínez Rivera
La volatilidad de Donald Trump está reconfigurando el poder en el continente americano, la captura de Maduro permitió la alineación de Delcy Rodríguez con Washington, las presiones sobre Cuba han abierto canales de negociación y las amenazas arancelarias contra México y Colombia han forzado al silencio de sus gobiernos. Con tantos frentes abiertos parece que el republicano se olvida de Nicaragua, pero no es así.
La caída de Nicolás Maduro fue un mensaje para los autoritarismos cubano y nicaragüense, el primero atraviesa por una crisis de combustible, escasez de comida, apagones y protestas que piden la caída del gobierno. El presidente Díaz-Canel declaró que abrirá paso a reformas económicas y a canales de diálogo con Washington, pero en en caso de la dictadura matrimonial Ortega-Murillo los mensajes han sido captados por el régimen.
La liberación de presos políticos, dos días después de la captura de Maduro, fue disfrazada por el régimen como un acto para conmemorar la Revolución Sandinista y un acto de benevolencia de la pareja gobernante. La guerra con Irán los latinoamericanos la vemos muy distante, pero la lucha por el control del petróleo está ligada a Nicaragua. La teocracia iraní es una de las proveedoras principales de crudo al régimen orteguista, pero con los bombardeos y asesinatos de altos mandos en Teherán el mensaje hizo eco en Managua.
Estados Unidos está siguiendo un mismo juego de ajedrez en el continente, a través de presiones en el Caribe, la imposición de sanciones, el aislamiento comercial y las amenazas son la estrategia preferida de la Casa Blanca. Ahora bien, en Centroamérica hay una serie de países que se unieron al Escudo de las Américas, encargada de combatir al crimen organizado cuando un país lo solicita.
Nicaragua está rodeada por El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá a nivel territorial, pero en sus desembocaduras en el Caribe están República Dominicana y las Antillas menores. No es un tema menor, los países antes mencionados se adhirieron a dicho escudo, por lo tanto, el país está rodeado por gobiernos afines a Trump que en un caso hipotético pueden ejercer presión por otros medios.
Desde 2025 el Departamento de Estado, encabezado por Marco Rubio, ha publicado informes sobre el régimen Ortega-Murillo en los cuales destaca sus posiciones anti norteamericanas, las violación a los derechos humanos, los asesinatos de opositores y los intentos para que Rosarios Murillo herede el poder.
Hasta el año pasado el afianzamiento y reformas del régimen iban bien, pues se eliminó a los sandinistas de la vieja guardia para evitar oposiciones. Por otro lado, la destitución de jueces constitucionales y la destrucción de carrera judicial desde 2024 fue una jugada que sirvió para reafirmar el poder, mientras que en los cuerpos de seguridad se nombraron perfiles cercanos a Murillo. Nicaragua se aproximaba a tener su primera dictadora, pero la presión de Estados Unidos tiene otros planes.
Simplemente los discursos beligerantes y la denuncia del imperio han pasado a segundo término, el gobierno ha mostrado un papel cauto y dócil frente a todo lo que ocurre en el hemisferio. Otro cambio del orteguismo fue la designación deGuisell Morales como nueva encargada de negocios en Estados Unidos, donde Managua no tiene embajador desde febrero de 2024.
Ante las presiones de Trump los nicaragüenses han captado el mensaje, la negociación no es opción sino obligación. Ante los espejos de Maduro y Díaz-Canel, Nicaragua de forma discreta parece haber cedido a los Estados Unidos, sin embargo, el cambio de poder o la salida de estos personajes no es un hecho consumado. Aunque a diferencia de Cuba y Venezuela, Nicaragua es una pieza clave de la política comercial de Washington.
Estados Unidos es el principal comprador de productos nicaragüenses como carne bovina, textiles, café y oro por mencionar algunos. El 60% de la producción de ese país va a Washington lo que los coloca en una situación de sometimiento debido a su dependencia. Aunque es apresurado decir que habrá un cambio en las cabezas del poder, la historia tico-estadounidense es particular, durante el siglo XX los norteamericanos apoyaron a la dinastía Somoza que respondía a sus intereses, hasta que fue derrocada por la Revolución Sandinista en 1979.
Sin embargo, Trump no tiene que preocuparse por Nicaragua, al contrario, puede presionar para la caída de la pareja Ortega-Murilla, pero esto no significa el fin del autoritarismo. Incluso podría aplicar la frase del ex presidente Franklin Roosevelt “si, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” cuando se le cuestionó sobre Anastacio Somoza. Quizá Trump tiene presente esa frase en la relación con Nicaragua de la dupla Ortega-Murillo.
