“Luego de recorrer mis senos con su mirada lasciva, sonriente afirmaba: ´¡tan chula como eficiente!’ o a veces decía burlón: ‘¡tan buena empleada y tan buena… hija!’ mientras recorría mi cuerpo con el gesto de su mano de cabeza a pies, y continuaba: ‘¿O no señores?” Y sus subordinados asentían con sonrisas nerviosas y cómplices.

“Incluso cuando mi embarazo era avanzado me saludaba con abrazo más apretado de lo que era cómodo”

“Mi jefe me obliga a saludarlo de beso, y siempre me lo da muy cerca de la comisura de los labios… ¡siento asco!”

“Por él sufro mucha burla y chismes sobre mí”

“A mí me dijo que si no me acostaba con él me olvidara del aumento.” 

Testimonios como éstos abundan. Son la regla, no la excepción. Son la expresión machista de un orden patriarcal y androcéntrico.

El director de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para México, Pedro Américo Furtado de Oliveira afirmó esta semana que “se ha dado un paso histórico” en la protección del derecho de toda persona a un mundo del trabajo libre de violencia y acoso, sobre todo por el fortalecimiento que en esta materia implica la reciente aprobación unánime del Convenio 190, por parte del Senado mexicano, en términos de perspectiva de género. México se convirtió en el décimo segundo país en comprometerse con la primera norma internacional que agrupa la igualdad y la no discriminación con la seguridad y salud en el trabajo en un solo instrumento, y sitúa la dignidad humana y el respeto en su centro.

El 36% de las mujeres trabajadoras que han sido objeto de burlas, apodos hirientes, rumores y/o mentiras, o exclusiones por sus gustos, físico o ropa, señalan a sus compañeros de trabajo como los agresores. (INEGI). De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la violencia laboral puede provocar abandono laboral, bajo rendimiento, enfermedades y accidentes laborales, cambios comportamentales como trastornos alimenticios, consumo de drogas, cigarro y/o alcohol, disfunción sexual y aislamiento social.

El Convenio 190 reconoce que la violencia y el acoso en los espacios de trabajo afectan la salud psicológica, física y sexual de las personas, su dignidad, y por ende su entorno familiar y social. Y tratándose de casos por razón de género los daños son distintos y desproporcionados para las mujeres, por la subordinación simbólica y a muchas veces fáctica de ellas en entornos laborales masculinizados y androcéntricos. Por ello propone acciones para abordar sus causas estructurales como los estereotipos de género, la discriminación y el abuso de poder.

Lamentablemente estas violencias están tan normalizadas que la sociedad es muy permisiva ante ellas, de ahí la importancia de esta norma internacional aprobada en 2019, y ratificada por el Estado mexicano.

Los compromisos que deberá cumplir nuestro país incluyen adoptar estrategias de prevención y eliminación de esta violencia, garantizando mecanismos de denuncia y reparación del daño, desarrollar herramientas, orientación y sensibilización sobre el tema, establecer sanciones y garantizar medios efectivos de inspección. Y no es un tema solo de gobierno. Es tanto para el sector público como privado. Y aplica para todos los trabajos, sin importar situación contractual. Además, determina lugares y momentos que no se circunscriben al horario y espacio laboral. 

La armonización legislativa es obligada para establecer estas nuevas obligaciones para personas empleadoras y personas empleadas, para prever sanciones, asegurar que existan medios de inspección e investigación efectivos, así como identificar las ocupaciones más expuestas.

Aun cuando el Convenio 190 entrará en vigor un año después de que las autoridades mexicanas depositen el documento ratificado ante la OIT, es de crucial conocerlo ya, y si bien es cierto que la ratificación la inició la Cancillería mexicana en París durante el Foro Generación Igualdad en julio pasado, también debemos reconocer el empuje del movimiento de mujeres, y de las senadoras. 

Lo institucionalmente necesario está caminando. Para llegar a buen puerto se precisa la armonización en las entidades sin importar si estamos en tiempos de pandemia en su cuarta ola, en procesos electorales, en momentos críticos para la economía mundial, en guerra. Porque la violencia hacia las mujeres no para y no sabe de fechas conmemorativas.