Sebastián Godínez Rivera

La salida de Juan Ramón de la Fuente de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) no
es novedad tomando en cuenta que el exsecretario había dejado el cargo temporalmente
por una operación hace unos meses. De la Fuente no figuró ni brilló en la política exterior, a
pesar de que fue representante de México ante las Naciones Unidas, su experiencia
diplomática era nula.


El exrector de la UNAM se caracterizó por el silencio y la tibieza de sus posturas frente a los
Estados Unidos, la falta de conexiones con los grupos de Washington y sobre todo
representó la materialización del derrumbe del servicio diplomático. La cancillería es la
máxima instancia que delinea la política exterior, aunque la persona que ocupa la
presidencia tiene la última palabra. Sin embargo, México ha brillado por su ausencia en los
grandes temas lo cual no es cosa menor.


Principalmente la relación México-Estados Unidos ha sido llevada al límite cortesía de la
Casa Blanca, pero ante todos los embates, descalificaciones y presiones la SRE
permaneció silenciada. La cancillería mexicana adoptó la “diplomacia de comunicados”, es
decir, en unas cuantas líneas las llamadas con Trump, la visitas de funcionarios
estadounidenses y hasta las pláticas con Marco Rubio eran magníficas hasta que Trump
salía horas o días después a señalar que el gobierno mexicano no coadyuva lo suficiente.


Tampoco hay que olvidar los drones que sobrevolaron el Mar de Cortés en el norte o los
buques norteamericanos frente a las costas de Veracruz. Hechos como esos que eran
relevantes para la política exterior terminaron siendo ignorados o silenciados, mientras que
los servicios de inteligencia estadounidense continuaban actuando y amedrentando a la
débil diplomacia mexicana. Relaciones Exteriores optó por centrarse en palabras como “hay
buen entendimiento”, “en respeto a la soberanía”, “como socios comerciales y vecinos la
relación se basa en la comparación” y hasta la eterna “se constituirá una mesa de trabajo”.


Por otro lado, Juan Ramón permitió que las embajadas y consulados fueran sorteadas y
regaladas como premios de consolación como la de Reino Unido para Alejandro Gertz
Manero. El entonces Fiscal General renunció al cargo sin dar una explicación, días después
la presidenta declaró que “se le ofreció una embajada”, mientras que el canciller guardaba
silencio sepulcral. También el opinólogo y militante Genaro Lozano fue nombrado
embajador de México en Italia sin ningún mérito o experiencia diplomática.


Tampoco se debe olvidar que el titular de Educación Pública, Mario Delgado, en plena
confrontación con Marx Arriaga, artífice de la nueva escuela mexicana, declaró que se le
propuso al funcionario dejar el cargo a cambio de una embajada. El conflicto no solo
demostró que un burócrata menor logró poner en jaque al gobierno sino el uso de las
embajadas como moneda de cambio para exiliar a personajes incómodos pero cercanos al
lopezobradorismo.


De la Fuente pasó por Relaciones Exteriores, pero nunca fungió como cabeza de la
diplomacia mexicana. Otro escándalo tiene que ver con el silencio de México ante las crisis
globales, por ejemplo, las operaciones en el Caribe por parte de Estados Unidos, la guerra

en Irán, la represión del gobierno cubano contra manifestantes y ya ni hablar de la captura
de Nicolás Maduro a quien México salió a defender, pero nunca se pronunció por la
represión del chavismo contra venezolanos.


El panorama es claro desde el sexenio pasado México no entiende la diplomacia y mucho
menos el concierto internacional, si bien hubo personajes como Marcelo Ebrard que
fungieron como fichas en la negociación del Tratado de Libre Comercio, el servicio exterior
se utilizó para premiar a personajes afines. Ebrard como canciller tenía los contactos en los
lobbys de Washington, entendía el mundo y sobre todo tenía conocimientos de política
exterior, esto no quiere decir que era la figura estelar, pero al menos había alguien
medianamente funcional en SRE.


La diplomacia mexicana ha sido sobajada a un botín político que para el oficialismo es
esencial, pero las señales en el exterior son alarmantes. En vísperas de la revisión del
Tratado de Libre Comercio y con un presidente estadounidense agresivo México tiene
pocas cartas que jugar. Tener dos cancilleres en año y medio de gobierno habla de
inestabilidad, pero también es una señal de ventaja para el negociador más fuerte.


El relevo de de la Fuente por Roberto Velasco quien fungía como Subsecretario para
América del Norte ha generado opiniones divididas. Velasco llegó a la cancillería desde la
época de Ebrard como Director de Comunicación Social y en 2020 pasó a ser Director
General para América del Norte como parte de la crisis que se suscitó en el norte por la falta
de agua. Luego en el sexenio lopezobradorista revivió los diálogos de alto nivel como en
materia económica y de seguridad para acercar a México con Estados Unidos y Canadá.


La llegada de Velasco a Relaciones Exteriores no subsanará todo lo mala que ha sido la
política exterior, pero considero que es importante esperar a ver su actuar en momentos de
tensión y presión. A diferencia de los políticos como la presidenta, legisladores o
gobernadores que es posible diagnosticar sus aciertos y errores en seguida, considero que
en política exterior esto no es factible. Metodológicamente un canciller no actuará de la
misma forma en momentos de pasividad que bajo presión o amenazas.