Sebastián Godínez Rivera

La derrota de Viktor Orbán en Hungría ha sido festejada por los húngaros, los europeístas de la Unión Europea y ciudadanía que vive bajo regímenes híbridos como el mexicano. Sin embargo, esta nación se convertirá en un laboratorio para entender las transiciones a la democracia o la permanencia del status quo, todo dependerá de la agenda del nuevo primer ministro y las reformas que impulse.

Al igual que en la vecina Polonia los cientistas sociales nos hemos enfocado en el seguimiento a los cambios de actores políticos, marco constitucional, transformación institucional y el papel del pluralismo. Los polacos vivieron casi tres lustros bajo gobiernos nacionalistas y populistas del partido Ley y Justicia, al punto que hoy el presidente soberanista, Karol Nawrocki, y el primer ministro europeísta, Donald Tusk, coexisten en el ejercicio del poder.

Ahora los húngaros están a punto de conocer si las cosas cambiarán o no, tras 16 años de Viktor Orbán las instituciones continuarán bajo la influencia de personajes ligados al ex primer ministro. Si el nuevo gobierno aspira a construir un estado de derecho fuerte, combatir la corrupción, promover la división de poderes y devolver el pluralismo a Hungría este será un camino largo.

De acuerdo con las estimaciones el Partido Respeto y Libertad de Péter Magyar obtuvo 138 escaños del parlamento, convirtiéndose en la primera minoría con el 53%, mientras que el otrora hegemón Fidesz con el 38% tendría 55 asientos y por último, la extrema derecha Mi Hazanak quedó en tercer lugar con el 5.8% de los votos. El partido de Orbán pasó a la oposición y ese es un rol que conoce muy bien, de hecho quienes confían en una derrota definitiva están equivocados.

Entre 1998-2002 Viktor Orbán fue primer ministro del país, pero fue derrotado por los socialdemócratas, lo que lo llevó a la oposición hasta 2010. El líder nacionalista entendió su papel opositor y se dedicó a explotar cada error, tropiezo o mala decisión hasta que pudo regresar al poder. El partido socialdemócrata lo acusó de estridencia y durante casi una década creyó que el discurso orbanista basado en la soberanía, euroescéptico y nacionalista no parmearía en la población, gran error.

Quizá el nuevo primer ministro y su partido deberían tener claro que Orbán no está derrotado sino que aún puede reactivar puntos neurálgicos del régimen híbrido que él construyó. Por otro lado, Magyar es un exmilitante de Fidesz y posiblemente tiene conexiones con algunos perfiles orbanistas que serían receptivos al cambio, mientras que otros permanecerían leales al líder.

Nada está escrito aún, la victoria electoral es relevante, pero no debe ser maximizada como una reivindicación total de la democracia y es por eso que Hungría devendrá en un nuevo laboratorio para observar las transiciones. Así como en los estudios clásicos durante los años noventa cuando O’Donnell, Whitnead, Schmitter, Bermeo, Levitsky y Way por mencionar algunos, observaron los cambios en las nuevas naciones surgida del autoritarismo, hoy debe hacerse un seguimiento puntual para entender los procesos de cambio y permanencia en el sistema político.