Sebastián Godínez Rivera

En su visita de Estado a Washington el Rey Carlos III pronunció uno de los discursos más emblemáticos de su corto reinado en medio de la tensión transatlántica. La relación entre el presidente Donald Trump y el primer ministro Keir Starmer no atraviesa su mejor momento luego de que el británico negó el uso de bases militares a los estadounidenses.

Sin embargo, el monarca jugó una carta que es muy conocida por algunos analistas, la de la fascinación por la monarquía. Trump es un admirador del protocolo, el misticismo de la realeza y sus figuras, no en vano ha realizado tres visitas de Estado al Reino Unido. Esta fascinación proviene de su madre y en el libro el Arte de la Negociación relata que el glamour y la pompa son elementos que despiertan su interés en la realeza.

Carlos III habló ante el congreso destacando los lazos históricos entre Washington y Londres en diversas conflagraciones como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y los ataques del 11 de septiembre a las Torres Gemelas. Apeló a la defensa de Ucrania, los valores democráticos y hasta regaló la campana del submarino HMS Trump que prestó servicio durante la Segunda Guerra Mundial.

El monarca también aprovechó el espacio para responder de forma diplomática a ciertos señalamientos hechos desde Washington como el del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, quien declaró “antes la marina inglesa era una potencia gigante, hoy es muy pequeña”. Mientras que Trump ha intercambiado acusaciones con Starmer y el vicepresidente J.D. Vance ha afirmado que los británicos están en decadencia.

Por otro lado, desmintió que la OTAN ignore a sus aliados, Carlos III reivindicó la invocación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte cuando Estados Unidos fue atacado el 11 de septiembre. Por otro lado, los ingleses también participaron en la guerra de Afganistán, Libia e Irak. El discurso del rey demostró que en algunas ocasiones las puertas que se cierran los políticos deben ser abiertas por los monarcas a través de la diplomacia.

La constitución establece que el rol de un monarca es apolítico, por lo tanto, no tiene preferencias por partidos o líderes sino que se ciñen a una función protocolaria.Los desacuerdos entre amigos existen, pero esto no rompe con los lazos de forma definitiva, declaró el rey. La tensión entre la Casa Blanca y Buckingham no es nueva, por ejemplo, en 1957 Isabel II viajó a Estado Unidos para limar asperezas derivadas de la Crisis del Canal de Suez.

Cuando Krumah aspiró a la independencia de Ghana Isabel II viajó a dicho país para estrechar lazos, cosa que no había logrado el entonces primer ministro, Harold McMillan. En 1965 la monarca visitó la República Federal Alemana y se reunió con el presidente, Heinrich Lubke, lo que marcó el proceso de reconciliación entre alemanes y británicos tras la Segunda Guerra.

Para 1975 la monarca viajó a Japón para sanear la división entre la Familia Real y la Familia Imperial nipona. Durante los años noventa, la reina abogó por la incorporación de Sudáfrica a la Mancomunidad de Naciones y estrechó relaciones con Nelson Mandela quien pugnó por el fin del Apartheid, régimen de exclusión, el cual era defendido por la primera ministra, Margaret Thatcher.

Ahora bien, Carlos III no es un improvisado sino que tuvo un papel relevante en su visita a Australia en 1983 cuando el primer ministro nacionalista, Robert Hawke, impulsó la formación de una república. Los entonces príncipes de Gales y en específico la popularidad de Lady Diana fortalecieron el respaldo de los australianos a la monarquía, pero profundizó los problemas en el matrimonio, truncando así el sueño de una república.

El poder blando de la monarquía como se muestra en los ejemplos que anteceden ha logrado sanear la relación demostrando que los lazos históricos son más fuertes que quienes ejercen el poder. El rey desde su asunción al trono expresó su deseo de modernizar la monarquía, pero en momentos de tensión como los actuales ha demostrado que muchas veces un monarca apolítico es más efectivo que un político.