
Sebastián Godínez Rivera
Henry Kissinger es uno de los personajes más polémicos en la historia mundial. Fue Secretario del Departamento de Estado durante los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford, autor intelectual de la Doctrina de Seguridad Nacional que impulsó golpes de estado en América Latina y se le atribuyen decenas de fallecidos por todo el mundo. Sin embargo, fue uno de los analistas más prominentes del siglo XX, autor de textos que explican el panorama internacional.
Perteneciente a la escuela del realismo político que prioriza los intereses de las naciones y relega a la moral a un segundo término, Kissinger pasó del papel a la realidad. En diversas obras como “Un mundo restaurado”, “Orden Mundial” y “Diplomacia” expuso a través de diversas conflagraciones cómo las potencias organizaron y dividieron el mundo producto de sus intereses geoestratégicos. Como pocos políticos entendió el orden surgido de las Guerras Napoleónicas, la Paz de Westfalia, la Primera Guerra Mundial y la Segunda.
Alabado por unos y cuestionado por otros, es innegable el papel de este personaje como artífice de la hegemonía estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Conoció a personajes de la talla de Margaret Thatcher, Mao Tse Tung, Sukarno, Charles De Gaulle y Konrad Adenauer. Su entendimiento de un mundo configurado por una superpotencia no solamente se basó en la diplomacia entendida como diálogos y acuerdos, sino a través del dominio económico y militar.
El edificio internacional construído tras el fin de la Guerra Fría, con cimientos liberales, democráticos y capitalistas hoy parece rebasado. Estados Unidos es una potencia eclipsada por nuevas naciones que reclaman su lugar en el mundo, lo que ha generado una reacción violenta de esta. El declive estadounidense se hizo visible tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando el mundo presenció que la potencia no era tan fuerte como se creía. La crisis económica del 2008-2009 detonada por una burbuja especulativa derrumbó el mito del dólar como la moneda que mueve el mundo y despertó cuestionamientos sobre el modelo de libre mercado.
Es en 2015 cuando los líderes iliberales de Rusia y Europa del este cobraron mayor visibilidad, desafiando los postulados de la democracia liberal se hicieron atractivos para varias naciones. Rumbo a los comicios de 2016, Donald Trump entró a la escena como un outsider que decía lo que pensaba, cuestionaba las élites y se erigía como el hombre fuerte de Estados Unidos. A través de la literatura de Kissinger es posible teorizar sobre cómo el declive norteamericano aspira a una restauración de su dominio.
Un mundo restaurado (1957) expone el orden internacional producto de la política conservadora de Klemens von Metternich (Austria) y Lord Castlereagh (Reino Unido). En el texto Kissinger aborda los equilibrios en el continente basados en la estabilidad y relegado la ideología. A la luz del siglo XXI, Estados Unidos ha buscado la estabilidad mediante el respeto a las autocracias como Rusia y China en materia política.
Trump no es un personaje ilustrado, pero si aspira a la reconfiguración de los equilibrios a nivel hemisférico y frente a otros rivales que reclaman su lugar en el mundo. Los intentos por un diálogo entre Rusia-Estados Unidos buscan evitar la confrontación bélica, aunado a que los estadounidenses han optado por no proporcionar tropas, lo que ha generado cuestionamientos de la Unión Europea. La restauración del poder estadounidense no será rápida, pero muestra indicios de tener otros objetivos.
Orden Mundial (2014) en este libro se expone cómo las civilizaciones han logrado imponer su visión en las diversas esferas de influencia. Reconoce el papel del Islam, la filosofía china y el idealismo democático como motores de cambio. Aborda desde la perspectiva de Samuel Huntington como las civilizaciones reconfiguran el poder político dentro y fuera de sus límites territoriales.
Es importante la revisión del concepto de civilización y la distinción que hace frente a otras naciones, puesto que la primera se caracteriza por definirse por tradiciones, cultura, religión e historia. No es casualidad que en el siglo XXI Irán dispute un control sobre Oriente Medio y China construya su aŕea de influencia en el subcontinente. Por otro lado, los Estados Unidos apelan a la grandeza, pero han cambiado la democracia liberal por el iliberalismo.
Trump no es un demócrata, sino que se asemeja a líderes fuertes como Putin y Xi quienes ejercen un control mediante la fuerza. Estados Unidos durante el siglo XX exportó democracia con gobiernos militares e intervenciones, hoy el producto ha cambiado. La construcción de un orden iliberal es una forma de reconocer que la democracia puede adoptar otras formas y será respetada siempre y cuando Estados Unidos no esté o se sienta amenazado.
El realismo político hoy está más vivo que nunca, el derrumbe del orden liberal ha sido paulatino y es pertinente hacer una revisión a la luz de los teóricos del siglo XX y encontrar los patrones que se repiten en el siglo XXI. Estamos siendo espectadores de un fenómeno que seguramente afectará a las potencias, así como aliados y zonas de influencia. Los lentes de Kissinger nunca están de más, pues como arquitecto de la hegemonía estadounidense conocía sus fortalezas y debilidades.

