Sebastián Godínez Rivera

El presidente brasileño Luiz Inácio Da Silva visitó la Casa Blanca y sostuvo una reunión privada con su homólogo estadounidense Donald Trump. Dicha visita fue tratada con suma cautela al punto que no hubo fotos oficiales, tampoco conferencia conjunta y el ejecutivo brasileño salió por una puerta trasera. Los medios de comunicación y la opinión pública tuvieron que esperar a un post de Trump en la red Truth Social y a una conferencia de Lula en la sede diplomática de Washington.

Se ha especulado demasiado sobre la visita luego de que ambos mandatarios protagonizaron cruces de declaraciones en temas arancelarios, de justicia y sobre el expresidente Jair Bolsonaro. Sin embargo, esta visita de acuerdo al presidente Trump fue “muy dinámica, se habló de minerales críticos y económica”, mientras que el mandatario carioca declaró que “ Brasil está sumamente interesado en comerciar con Estados Unidos”.

Más allá de los discursos institucionales lo cierto es que el líder brasileño aspira a limar asperezas con Washington ya que en octubre se celebrarán comicios presidenciales en los que Lula aspira a conseguir un cuarto mandato. La reunión puede entenderse como una jugada política para limar asperezas y posicionar al presidente como una figura dispuesta a dialogar con los liderazgos más radicales de la derecha. Por otro lado, Trump es un simpatizante de Bolsonaro quien se encuentra inhabilitado para competir por la presidencia.

De acuerdo a las encuestas brasileñas el virtual candidato del Partido Liberal (PL) sería Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, quien ha tenido un crecimiento sostenido en las encuestas. El bolsonarismo no ha sido derrotado electoralmente, ni socialmente, por ejemplo, el PL es la principal fuerza en la Cámara de Diputados y el Senado, mientras que los seguidores del expresidente han hecho varias demostraciones de fuerza en la calle en diversas ocasiones llenando las principales avenidas del país.

La polarización en el gigante sudamericano no se ha erradicado, al contrario, ha permanecido desde 2022 cuando Bolsonaro fue derrotado en la segunda vuelta y se radicalizó tras el asalto a los poderes. El juicio contra su antecesor y su inhabilitación fue un arma de doble filo: 1) demostró que las acciones antidemocráticas tienen consecuencias judiciales porque vulneran el estado de derecho y el pacto de convivencia; y 2) fortaleció a los partidarios del militar quienes consideran a los militantes de la izquierda una amenaza para el país.

Por otro lado, Lula ha sufrido dos derrotas políticas que han mermado su capacidad de liderazgo en el país debido a que tiene que cohabitar con el bolsonarismo como mayoría en el congreso. La primera es que el presidente propuso a Jorge Messias para ocupar un asiento en el Supremo Tribunal Federal, los senadores rechazaron la candidatura. Esto es emblemático porque es la primera vez desde 1894 que la cámara alta no acepta a un candidato propuesto por el presidente para el máximo tribunal.

La oposición no solo demostró que tiene la fuerza para mermar el proyecto de Lula, al no tener la mayoría el Partido de los Trabajadores (PT) tiene que negociar con otras fuerzas políticas que no refuerzan la institucionalidad sino una política de mafia. La politóloga Martha Tagle en un artículo sobre el análisis del sistema políticos brasileño expone lo que se denomina “pacto de mafiosos” para referirse al intercambio de posiciones en el gabinete y la compra de votos en ambas cámaras para que una fuerza política pueda sacar adelante su agenda de gobierno.

La derrota en la designación de un juez se explica porque el presidente del senado, David Alcolumbre, fue una pieza central en el convencimiento de otros grupos parlamentarios para asestar una derrota a Lula. El segundo tropiezo del presidente tiene que ver con su postura tibia respecto a las tiranías del continente, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 el ejecutivo carioca optó por guardar silencio e intentó apelar a un diálogo entre venezolanos para evitar la tensión. Esta postura le ganó diversas críticas porque Lula quien se dice de izquierda no se atrevió a criticar las atrocidades y represión perpetrada por el chavismo.

El tema de las tiranías salió nuevamente en la reunión Trump-Lula y de acuerdo con las declaraciones del brasileño “Estados Unidos no está interesado en invadir Cuba, pero si quiere un aliado para ampliar el diálogo Brasil puede hacerlo”. La declaración de Lula quedó fuera de lugar puesto que unas horas antes el Departamento de Estado encabezado por Marco Rubio emitió nuevas sanciones contra la empresa Gaesa que es la principal fuente de efectivo para la dictadura cubana.

Los mensajes de Trump no deben ser tomados al pie de la letra, pero las diversas sanciones sin duda aspiran al colapso de la élite en La Habana y que detone una transición. El regreso de Trump a la Casa Blanca abrió un nuevo capítulo en la relación Estados Unidos-Latinoamérica que fue ignorado por el abanico de líderes de izquierda que gobernaban. Lula desde el Palacio de Planalto llegó a decir que Trump era una amenaza para la democracia, pero hoy se reúne con él.

Sea por un cálculo electoral para vencer al bolsonarismo en octubre de este año o por estrategia comercial lo cierto es que Lula en el escenario internacional ha tenido varios tropiezos. Ahora con un subcontinente lleno de gobiernos derechistas y con las izquierdas en la encrucijada electoral este año el presidente brasileño debería leer mejor el contexto.

En Perú la candidata que estará en la segunda vuelta es la derechista Keiko Fujimori y aún no se conoce quién será su adversario. En Colombia el 21 de mayo será la primera vuelta por la presidencia donde el progresismo del Pacto Histórico pretende dar continuidad al gobierno de Petro, pero la derecha de Centro Democrático aspira a una derrota del oficialismo. Esas dos elecciones podrían cambiar no solo el panorama latinoamericano sino que relegarían a Brasil a un pequeño grupo de naciones gobernadas por la izquierda: México, Guatemala y  Uruguay.

La forma tan misteriosa en la que se llevó a cabo de la reunión en la Casa Blanca no es casualidad, pero quizá con el tiempo sabremos una parte de lo que se trató y por qué Lula no quiso salir ante los medios. En un hemisferio en reconfiguración cualquier paso en falso puede llevar a una estrepitosa caída.