Sebastián Godínez Rivera

En América Latina una palabra se convirtió en pieza central de las diversas elecciones que se han celebrado, me refiero a la injerencia. Ésta palabra corre el riesgo de convertirse en un significado vacío, en palabra de Ernesto Laclau, porque se utiliza de forma indistinta y en diversos contextos sin que haya una delimitación que confirme o no si un país extranjero incide en la contienda electoral.

Desde Honduras, Argentina, Bolivia, Perú, Colombia y en la víspera de las presidenciales de Brasil en octubre la injerencia extranjera adoptó un significado ideológico y no comprobable. Es pertinente mencionar que hay contexto y casos donde el apoyo de grupos o actores políticos sí confirma la intromisión en los comicios, mientras que en otros responde a hechos no medibles en su alcance como los tweets o discursos.

Por ejemplo, en Honduras y Colombia los posts del presidente Donald Trump en los que mostró respaldo al entonces candidato del Partido Nacional, hoy presidente Nasry Asfura, y al derechista Abelardo de la Espriella han sido utilizados por las izquierdas para acusar de intervención ilegal. Sin embargo, no descalifico el impacto que éstos post puedan tener, sin embargo, tampoco es posible atribuir la victoria de dichas candidaturas. Es un tema espinoso por lo que trato de ser cuidadoso.

El impacto de los mensajes es muy difícil de medir en el electoral, si bien, el apoyo desde el exterior constituye un desbalance en la competencia y una actitud poco democrática no es posible determinar que haya sido decisiva en el resultado. Otro ejemplo es el caso de Argentina dónde Trump condicionó un paquete económico al país, si ganaba la izquierda éste no sería entregado, pero si el partido de Javier Milei mantenía la ventaja entonces la ayuda sería proporcionada.

El caso argentino sí es emblemático porque la situación económica y los lazos entre Washington y Buenos Aires han sido estrechados. Incluso en un estudio más amplio podría estudiarse la forma en que votó la ciudadanía y entender si fue por miedo y otra situación que otorgaron su sufragio a los libertarios. Discursivamente si hay un intento de acarrear votos para las derechas que hoy han proliferado en el subcontinente, pero tampoco es posible desestimar lo que la gente ha votado.

Por otro lado, la injerencia se ha utilizado de forma maniquea para justificar que mandatarios de izquierda opinen sobre las elecciones de otros países. Claudia Sheinbaum de México y Gustavo Petro de Colombia han vertido opiniones sobre comicios latinoamericanos los cuales también deberían ser catalogados como intromisión. La primera lo hizo luego de la primera vuelta por la presidencia de Colombia cuando el candidato de Petro, Iván Cepeda, denunció un supuesto fraude y días después reconoció el resultado.

Asimismo, el propio Petro publicó en redes sociales que el candidato Jorge Sánchez del Perú había derrotado a la ultraderechista, Keiko Fujimori, aún cuando la autoridad electoral no había dado los resultados. El presidente colombiano se jactó de una supuesta victoria que hasta la fecha no es posible proclamar, pero que constituye injerencismo en la política peruana y que es paradójico, porque hace unas semanas el ejecutivo se quejó de un tweet de Trump.

Mientras tanto en México, el oficialismo de Morena aprobó la ley anti injerencia en la que señala que cualquier opinión o señal de apoyo se debe anular la elección. Ésto abre la puerta a que si el morenismo pierde en las urnas pueda revertir el resultado. Cuando la iniciativa fue presentada por Ricardo Monreal se redactó que “constituye injerencia cualquier otra actividades que así lo considere la autoridad”, en éste caso el Tribunal Electoral que ha sido capturado por Morena.

La forma en la que se promulgó la ley deja abierto el escenario para anulaciones cuando haya supuestas denuncias de fraude, como en los comicios locales de Coahuila donde perdió todos los escaños. Además, el festival celebrado por la presidenta para conmemorar dos años en el poder también se hizo referencia a que si Estados Unidos quería intervenir en los comicios de 2027 el “pueblo” defendería la soberanía, por lo tanto, con la ley se buscaba limitar la injerencia.

En ese mismo tenor es pertinente que México revise su política exterior, porque la revisión de los consulados por parte del Departamento de Estado de Estados Unidos no es gratis sino que identificaron que desde las sedes consulares se hace política en contra de Trump. El morenismo en Washington ha convocado a marchas y protestas contra el gobierno del republicano , lo cual también constituye un mecanismo de intervencionismo en el vecino país, pero claro eso no ha merecido ningún cuestionamiento de la presidenta.

Nadie niega las intenciones de Estados Unidos en alinear al hemisferio con una serie de gobiernos conservadores en la región, pero también es pertinente que las izquierdas reconozcan su papel intervencionista en otras latitudes. Sin embargo, conceptualmente la injerencia está en riesgo de perder su significado por la forma en la forma ventajosa en la que se utiliza.