
Sebastián Godínez Rivera
Roger Bartra ha escrito diversos libros como La jaula de la melancolía, Fango sobre la Democracia, Anatomía del mexicano y Regreso a la jaula por mencionar algunos. Todos tienen una metáfora en común: el ajolote. Para el sociólogo las y los mexicanos somos la representación de ese anfibio que es producto de la evolución inconclusa entre anfibios y reptiles y que es endémica de México.
En el país a medio mundo le gustan los ajolotes, pero la metáfora de Bartra es demoledora e ilustrativa a la vez. Para el autor de dichas obras el mexicano quiere democracia, pero anhela el autoritarismo, por lo tanto, la propia sociedad detiene el proceso evolutivo hacia una sociedad más desarrollada. Sin embargo, si llevamos la analogía a otros ámbitos encontraremos diversas similitudes como: nos quejamos de la violencia, pero la promovemos, duele la injusticia, pero la ignoramos, la corrupción lastima, pero la ciudadanía y la autoridad tienden a corromperse.
La metáfora es dura y duele en un país que está lleno de contradicciones, pero que sobre todo ha quedado plasmado en varios libros. Autores como Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad escribió “el mexicano grita el 16 de septiembre para callar todo el año”; Carlos Fuentes en Aura describió las contradicciones del poder y la sociedad en el entonces Distrito Federal; y la propia Gabriela Mistral en diversos textos cuestionó que México le da la espalda a los pueblos indígenas para abrazar la modernidad.
Ahora bien, para no continuar con abstracciones y libros es pertinente llevar el análisis a la realidad. Por ejemplo, la justa mundialista en nuestro país solamente mostró las contradicciones de México al mundo, por ejemplo, proteger estadios y desplegar cuerpos de seguridad para detener a las madres buscadoras que claman justicia. Todas ellas fueron encapsuladas, empujadas y retenidas como si de criminales se tratara y dichas acciones generaron opiniones opuestas.
Algunas personas defendieron en redes sociales la acción bajo el argumento de que “solo querían exhibir a México” incluso el gobierno de Clara Brugada que se dice feminista apoyó el uso de los “extintos” granaderos para impedir su llegada. Por otro lado, algunos extranjeros dieron mayores muestras de humanidad cuando algunos abrazaron a madres buscadoras porque aunque haya mundial esto no le devolverá a sus seres queridos. Ahí está el ajolote y no el que pintó Brugada sino el del dolor y el festejo.
Otro caso han sido las celebraciones por el triunfo de México en sus tres partidos iniciales con los cuales la gente se ha volcado a las calles, pero el trasfondo es más doloroso. El país lastimado por la violencia, la corrupción y las desigualdades necesita de victorias o felicidad momentánea para dejar atrás la realidad. La ciudadanía diaria sobrevive a un país que ha dejado de brindar oportunidades y ha olvidado a grandes capas de la población, por eso un gol retumba más fuerte que otras exigencias.
No es una justificación, pero es relevante como un país tan necesitado de buenas noticias y logros se aferra a un deporte como un escape. Incluso en el libro Las obsesiones de Sofía de Guadalupe Loaeza retrata una queja de Sofía, la protagonista, con la autora y escribe:
“De plano aquí no existe ninguna cultura cívica. No sabemos ser ciudadanos conscientes de nuestros derechos y nuestros deberes. De lo contrario ya hubiéramos tomado la calle. Pero eso sí, para festejar un pinche gol, allí estaban miles de mexicanos enloquecidos alrededor del Ángel de la Independencia gritando: ¡Viva México!. Dime, ¿Tú entiendes este país? Yo para nada”
Aunque el texto se remonta al mundial de Francia 1994 el párrafo retumba en pleno 2026. Cabe aclarar que en el ejemplo anterior no se demerita a la selección es válido celebrar, pero tampoco debe olvidarse la situación que vive el país. Nuevamente el ajolote está presente porque por noventa minutos el país olvida su realidad para celebrar y luego regresar a su realidad.
Por último está el tema de su último libro, Regreso a la jaula (2021), donde Bartra cuestiona el retroceso democrático desde el sexenio de López Obrador. Para el sociólogo el mexicano vive atrapado en la sumisión al gran tlatoani y la herencia autoritaria del PRI y la victoria en 2018 del tabasqueño representó un retroceso al México de los años setenta. El país durante muchos años clamó democracia y cuando la tuvimos por los excesos de los otros partidos el país optó por un personaje que anhelaba el viejo sistema autoritario.
Las y los mexicanos ignoraron la defensa del Poder Judicial, los organismos autónomos, la llegada de perfiles controvertidos a varios cargos de poder y la corrupción se extendió. La democracia fue y está sometida a la visión de un solo partido, pero esto parece no importarle a un amplio sector de la población porque “el PRI y el PAN eran peores”. El reduccionismo de la situación que vive el país funge como anestesia que permite el avance del proyecto autocrático morenista.
Pocos salimos a defender la división de poderes, la institucionalidad y el pluralismo, pero no fuimos los suficientes para lograrlo. El autodenominado segundo piso de la 4T busca afianzarse, pero también está ahí para recordar que vivimos en contradicciones constantes entre democracia y el amor a un líder fuerte. El ajolote descansa sobre México porque nunca se fue, solo se regeneró como ocurre con varios anfibios.
Por eso cuando cuestionemos actitudes, pero luego las repliquemos es pertinente pensar en el ajolote y nuestras contradicciones como sociedad. El anfibio no solo se pintó para el mundial en la Ciudad de México sino que está en cada uno de nosotros y nosotras, en los políticos, en la familia y en el día a día.

