Por Gustavo García

Sin lugar a dudas hay desapariciones que estremecen a un país, otras, aunque menos dramáticas, querevelan el estado de ánimo de una nación. 

En México hoy como nunca, desaparecen personas… y también hoy, desapareció la ilusión mundialista.

Y mientras durante estos días los estadios se llenaronde banderas, las pantallas se pintaron de verde y los gobiernos distribuyen la “dosis” de futbol como el mejor anestésico colectivo, la cifra de las personas desaparecidas sigue creciendo cada día.

El mundial de futbol avanza mientras miles de familias buscan a sus hijos, a sus padres, a sus hermanas, con una pala en la mano y una fotografía en el pecho. 

Buscan en cada rincón del país, donde el Estado dejó de hacerlo, ya hace mucho tiempo.

Paradójicamente, el gobierno habla de transformación, de bienestar y de un país que avanza, pero cuando se trata de los desaparecidos, la transparencia se desvanece con ellos, ahí si los registros cambian, las metodologías se modifican, las cifras se reinterpretan y la burocracia convierte el dolor, en un expediente que se archiva por falta de voluntad de un estado omiso.

El Mundial sin lugar a dudas, representa una oportunidad extraordinaria para cualquier país, une generaciones, provoca sonrisas y ofrece momentos de orgullo nacional, nadie puede reprocharle a la gente querer celebrar un gol o emocionarse con la Selección. 

El problema comienza cuando el espectáculo pretende sustituir a la realidad.

Porque mientras millones discuten si México debió jugar con dos delanteros o con línea de cinco, hay madres que llevan años preguntándose dónde están sus hijos.

Mientras las tendencias hablan de penales y árbitros, existen colectivos que siguen encontrando fosas clandestinas con recursos infinitamente menores que los del propio Estado.

Es cierto que la derrota de la Selección puede doler unos días, pero la desaparición de un ser querido duele todos los días a sus familias.

Lamentablemente un país donde desaparecen personas, la sociedad se termina acostumbrando a que desaparezcan, las ilusiones, las explicaciones, las responsabilidades, la rendición de cuentas y eso es lo que debería preocuparnos mucho más que cualquier eliminación deportiva.

Porque los mundiales terminan, las campañas publicitarias pasan, los estadios se vacían.

Pero las familias de los desaparecidos, seguiránesperando que alguien del estado les diga dónde están sus seres amados.

Y esa, por desgracia, sigue siendo la verdaderaderrota de México