
Sebastián Godínez Rivera
El avance de las derechas en América Latina se ha convertido en un tema central de la opinión pública por el retroceso que enfrenta el progresismo. Sin embargo, la derrota de las izquierdas se debe a dos factores: 1) el politólogo Daniel Zovatto postula que más allá de las ideologías, la ciudadanía está castigando la falta de resultados rápidos; y 2) las fuerzas izquierdistas enfrentan el eterno dilema de anteponer el personalismo y la retórica antes que la atención de problemas.
El primer elemento es consecuencia de la segunda puesto que en una breve revisión desde 2023 las elecciones se han convertido en un referéndum sobre los liderazgos. El peronismo en Argentina no logró dejar atrás el liderazgo de Cristina Fernández y ganó Milei; el correísmo en Ecuador fortaleció a Daniel Noboa; en Bolivia la división entre el Movimiento Al Socialismo y Evo Morales permitió la llegada de Rodrigo Paz; en 2019 en El Salvador, Nayib Bukele derrotó al eterno bipartidismo; y en 2020 en República Dominicana la reelección de Luis Abinader respondió a que el izquierdista y expresidente Danilo Medina insistió en postularse.
En Honduras el gobierno de Xiomara Castro y Manuel Zelaya se encargaron de promocionar a su candidato, Rixi Moncada, pero también fueron un lastre. Nasry Asfura del Partido Nacional logró movilizar las emociones, capitalizar el malestar y cosechó el miedo de los hondureños porque la pareja Castro-Zelaya aspiraba a consolidar su proyecto político. Incluso la victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia se debió porque Gustavo Petro insistió en competir a través de Cepeda, aunado a una radicalización del discurso.
Los ejemplos mencionados con antelación son muestra de que esos partidos y movimientos fracasaron porque estuvieron anclados a sus viejos liderazgos. La izquierda históricamente ha dependido de liderazgos para ejercer el poder, competir y retenerlo, pero también es una causa de sus derrotas. En otros casos como la victoria de Raúl Mulino en Panamá y Santiago Peña en Paraguay son muestra de que las derechas tradicionales tienen la posibilidad de seguir ganando elecciones.
En el caso chileno José Antonio Kast ganó la presidencia se jugaron otras lógicas. A pesar de que el expresidente Gabriel Boric no consolidó un liderazgo personalista la elección se jugó en un terreno de miedo. Kast exacerbó el miedo al socialismo, capitalizó los errores del gobierno izquierdista y prometió mayor seguridad para la ciudadanía, mientras que la candidata socialista, Jeannette Jara, no logró establecer un piso de votantes más diversos e incluso que abarcara a la derecha moderada para vencer al hoy presidente.
Tras los recientes comicios presidenciales en Perú y la victoria de Keiko Fujimori sobre el izquierdista Roberto Sánchez es un caso extraño en la región porque un líder autoritario permitió el regreso del fujimorismo al poder. La herencia de Alberto Fujimori es polémica porque despierta filias y fobias en la nación y desde 2015 ha sido combustible para los nueve partidos fujimoristas que existen, pero también para los candidatos y presidente que promueven el antifujimorismo.
Keiko Fujimori llegó a la presidencia luego de cuatro elecciones y en todas llegó a la segunda vuelta, lo cual habla de que hay personas dispuestas a terminar con la inestabilidad, reducir los niveles de inseguridad y hacer frente a los retos a través de una ideología que fue sumamente represiva. Ahora bien, hasta el momento no existen elementos para aseverar que el Perú seguirá el mismo camino con Alberto Fujimori o que se convertirá en una dictadura sino que la presidenta electa logró llegar al poder con un mensaje y retórica que durante mucho tiempo fue motivo de miedo.
Finalmente en Costa Rica, primero con Rodrigo Chaves y luego con su correligionaria Laura Fernández es un caso especial. Para los estudiosos de las elecciones Chaves fue un personaje populista, de corte conservador y que en sus últimos meses de mandato se radicalizó contra las instituciones. No obstante, Fernández es la candidata de ese proyecto que para muchos costarricenses pone en riesgo la democracia, pero aún así logra hacerse con la victoria.
Lo característico de éste caso es que desde la toma de posesión de Fernández se nombró al expresidente Chaves en Ministro de Hacienda y Ministro de la Presidencia. Esto demuestra que hay dos liderazgos coexistiendo, la presidenta como lideresa legal y constitucional del país, pero su antecesor juega un papel simbólico de personaje carismático que coadyuva en la consolidación de su proyecto político.
En ese sentido, la mayoría de las derrotas de la izquierda se deben al eterno personalismo como en: Argentina, Bolivia, Colombia, Honduras, República Dominicana, Ecuador y El Salvador donde los liderazgos tradicionales se convirtieron en un lastre para sus partidos. Por otro lado, están los casos donde las derechas moderadas siguen ganando votos a falta de líderes fuertes de corte progresista como Chile. Y existen otros países como el Perú dónde el autoritarismo del pasado reivindica un proyecto político y Costa Rica donde la construcción de un líder personalista permite la continuidad en el cargo.
Las izquierdas siguen ancladas a líderes que fueron populares y tuvieron aciertos, pero impidieron la formación de cuadros políticos. El caso más representativo es Brasil donde Lula Da Silva aspira a un cuarto mandato porque ningún otro personaje del Partido del Trabajo es competitivo frente al bolsonarismo que tiene raíces en la familia del expresidente Jair Bolsonaro. El país tendrá elecciones en octubre de éste año y en caso de que el lulismo pierda el poder una de las causas sería la dependencia del partido hacia un líder.

