
Alejandro Guillén Reyes
Hace seis años, en plena pandemia (1 de julio de 2020), la organización Puebla Contra la Corrupción y la Impunidad, encabezada por Enrique Cárdenas Sánchez, publicó la trilogía de libros titulada Dinero ilegal y elecciones en Puebla (2018-2020), coordinada por Sergio Mastretta Guzmán, Salvador González Jaramillo y quien esto escribe
En el «Episodio 2» de esa obra afirmamos lo siguiente: «Puebla se ha convertido en uno de los estados con mayor incidencia de delitos electorales, muchos de ellos relacionados con el clientelismo electoral. Toda estructura clientelar estatal para operar en una elección (…) implica tiempo para su conformación y dinero para mantener vigente su operatividad. Son estructuras paralelas y transversales a las formales de los partidos; por ello no defienden ninguna ideología o colores partidistas. En la estructura política, el gobernador en turno es quien toma las grandes decisiones y destina o distribuye (directa o indirectamente) parte de los recursos necesarios para poner en marcha a toda una estructura construida para movilizar, inhibir o comprar el voto en favor de sus candidatos y de su partido o coalición» (“Dinero ilegal y elecciones al mejor postor”, Puebla Contra la Corrupción y la Impunidad. Puebla, México 2020. P. 41)
Por supuesto, este delito electoral —la compra del voto con dinero, dádivas o despensas— se sigue cometiendo a través de dichas estructuras clientelares en distintos municipios, particularmente en las zonas de mayor marginación, y se activa con recursos que no se reportan a nadie. En ocasiones puede tratarse de dinero lícito, pero en muchas otras son desvíos de recursos públicos o, simplemente, dinero ilegal.
Por otra parte, a seis años de distancia de aquella investigación, el factor del crimen organizado ha aumentado su frecuencia en distintas entidades de la República. Las denuncias sobre estructuras electorales ligadas a la criminalidad organizada han salido a la luz pública; la más evidente —pero no la única— fue la que operó en Sinaloa para que el partido Morena ganara la gubernatura y otros puestos de elección popular.
Punto y no tan aparte…
Como saben, he apoyado el enorme esfuerzo que ciudadanas y ciudadanos —particularmente jóvenes— han realizado para constituir Somos México en Puebla, convencido de que representa una ventana de oportunidad para quienes han abanderado causas ciudadanas y para quienes anhelamos un relevo generacional en la clase política, algo que el país necesita con urgencia. He sido testigo de cómo este sector ciudadano ha dedicado tiempo, ideas y recursos al proyecto en la entidad: volanteando, tocando puertas, difundiéndolo en las calles, dándole vida a «Somos Impacto» (el grupo juvenil) y viajando por distintos municipios del estado para apoyar en la logística de las asambleas distritales y municipales y afiliar personas; todo ello, con escasos recursos.
Hace unas semanas comentamos que, entre los múltiples retos que enfrenta Somos México, se encuentran el ganar credibilidad ante el electorado y evitar ser vulnerado por la delincuencia. Hoy agrego uno más: impedir que se convierta en un partido al servicio del gobernador en turno.
Por ello, preocupa y ocupa lo ocurrido con el nombramiento del Comité Ejecutivo Estatal de Somos México en Puebla. Por lo publicado en diferentes medios, todo parece indicar que, para cumplir con los requisitos reglamentarios, la dirigencia nacional echó mano de personajes que manejan esas mismas estructuras clientelares a las que me referí antes, entregándoles la dirección del partido casi por completo.
Desde que fue convocado por la dirigencia nacional, el hoy presidente del partido en Puebla mostró sus diferentes facetas: la traición a la palabra (su principal distintivo), cometer ilegalidades (como grabar conversaciones privadas sin autorización de sus interlocutores, algo que, por supuesto, la dirigencia nacional sabe) o intentar intimidar a la parte ciudadana con el clásico «sabemos todo de ustedes», exhibiendo con ello un estilo francamente gangsteril.
En fin… La dirigencia nacional de Somos México avala de manera tácita el estilo del nuevo dirigente y el atropello cometido contra el sector ciudadano del proyecto en Puebla, sobre todo porque lo que se buscaba era llegar a un acuerdo para nombrar una planilla de unidad en la que TODOS tuvieran cabida, tal y como debía ocurrir en todas las entidades de la República. Posiblemente apuesten a que, una vez que pasen las repercusiones mediáticas de su decisión, todo seguirá conforme a lo planeado: usar esa estructura clientelar para intentar garantizar el 3% de la votación en la próxima elección (por cierto, hay que revisar esos estatutos porque, como están, favorecen a este tipo de estructuras clientelares). Ya veremos si lo logran con lo que acaban de hacer, porque el historial del nuevo dirigente no es precisamente el de ganar elecciones, sino el de enterrar partidos y estar cerca de los gobernadores en turno.
Es cierto que, a pesar de sus esfuerzos, los jóvenes no obtuvieron el respaldo ciudadano que esperaban y necesitaban, y esa debilidad abrió la puerta a este escenario.
Mientras tanto, este bloque ciudadano ha decidido continuar en Somos México con las pocas canicas que les dejaron. Cuentan con mi apoyo y con el de mujeres y hombres libres —tanto jóvenes por edad como por juventud acumulada— que estamos convencidos de que en 2030 México tiene que cambiar políticamente. Para lograrlo, el primer paso fundamental es sacar a Somos México en Puebla de “terapia intensiva”.
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