Sebastián Godínez Rivera

Latinoamérica está en constante reconfiguración debido a la detención de Nicolás Maduro en Venezuela y la victoria de las derechas en varias naciones de la región. En el subcontinente restan algunas fuerzas de izquierda, pero el hecho de identificarse con esta ideología no las hace homogéneas.

Para efectos del texto, Venezuela ya no se considera dentro del umbral izquierdista debido a que es un país tutelado por Estados Unidos. Asimismo, la presidenta interina, Delcy Rodríguez, implementó diversas reformas que rompen con el esquema del socialismo bolivariano, aunado a que ha mantenido distancia del chavismo duro. Por lo tanto, Venezuela no es un protectorado, pero al estar bajo influencia norteamericana ha perdido su membresía en el bloque de la izquierda.

Adicionalmente, Brasil y Guatemala serán excluidos del análisis debido a que sus presidentes Lula da Silva y Bernardo Arévalo respectivamente son considerados centristas. La declaración del presidente brasileño en la que afirma que no es de izquierda no fue solo una declaración sino una realidad comprobable. Lula desde su primer mandato ha tendido lazos con empresarios, la centro derecha y promueve políticas de libre mercado y esto no está peleado con su política social.

Por otro lado, Arévalo también es pragmático ya que no se considera un izquierdista sino un socialdemócrata. Guatemala es un país donde la mayor parte de la ciudadanía se considera conservadora, por lo tanto, los partidos y políticos tienden al pragmatismo. Luego de haber hecho esas precisiones los países que se consideran progresistas son: México, Nicaragua, Cuba, Uruguay, Surinam y Guyana.

Ahora bien, de esos seis países dos son tiranías de izquierda. Nicaragua bajo el régimen sultanístico de la pareja Ortega-Murillo, una autocracia familiar que ha dinamitado los contrapesos. La otra es Cuba con su sistema de partido único que actualmente atraviesa una crisis económica sin precedentes y que está bajo la mira de los Estados Unidos para impulsar la caída del socialismo.

Estos regímenes autoritarios de corte izquierdista son herencia del caudillismo y las revoluciones que en su momento apostaron por la democracia. Fidel Castro y Daniel Ortega se erigieron como la esperanza de sus naciones para acabar con las dictaduras, la miseria y la desigualdad, sin embargo, terminaron forjando sus propios sistemas políticos a su imagen y semejanza para tener todo el poder.

En el norte tenemos a México, un país que desde 2018 viró a la izquierda con Andrés Manuel López Obrador y en 2024 reafirmó su poder con Claudia Sheinbaum. No obstante, el país ha visto un retroceso profundo en materia de democracia, división de poderes, presión a los medios de comunicación y descalificaciones contra las voces que cuestionan el rumbo del país.

Hay dos momentos clave para entender a la supuesta izquierda mexicana. El primero es que con López Obrador su ideología se asemejó más al nacionalismo revolucionario del PRI que a una verdadera izquierda. Su visión del poder unipersonal, la disciplina partidista y el ejercicio del poder de forma autoritaria son elementos de la cultura política autoritaria heredada de la hegemonía del PRI.

El segundo momento es con Sheinbaum quien se forjó en la lucha estudiantil y en la izquierda del PRD, por lo tanto, su radicalización respecto a la relación México-Estados Unidos está ligada a la vieja izquierda revolucionaria y antiimperialista de finales de los años setenta.México es gobernado por la izquierda, claro está, pero no por una progresista o que aspìre a garantizar más derechos.

El morenismo busca enquistarse el poder, gobernar sin contrapesos y con discursos alimentar a la población, pero no tienen una serie de políticas públicas o un plan que sea inclusivo, que respete las diferencias y muchos menos progresista en otros ámbitos. Morena es una copia de otros movimientos latinoamericanos donde la división es la columna vertebral de su administración.

En la región caribeña están dos pequeños países que muchas veces son ignorados al momento de analizar la reconfiguración ideológica. Al oeste de Venezuela está Guyana que es gobernada por Mohamed Irfaan Ali del Partido Progresista del Pueblo/Cívico. Aunque la formación política surgió con influencia marxista y revolucionaria, el actual presidente tiene más similitudes con la derecha.

Ali es aliado clave de Estados Unidos en materia de seguridad y combate al crimen, asistió a la Cumbre Escudo de las Américas. Estos lazos los alejan de la izquierda tradicional que históricamente se agrupa en bloques. Por otro lado, la bonanza petrolera ha hecho que el presidente firme alianzas con grandes petroleras como ExxonMobil, lo que le ha ganado críticas del ala dura de su partido.

Junto a Guyana está Surinam, un país que fue colonia de Países Bajos y que hoy está gobernado por Jennifer Geerlings-Simons del Partido Nacional Democrático. Basa su plataforma en la equidad social, la intervención del Estado en la economía, la soberanía nacional y la redistribución de la riqueza.

Sin embargo, al igual que Guyana ante la riqueza proveniente de los nuevos mega yacimientos de petróleo y gas costa afuera, el gobierno ha priorizado políticas de libre mercado para atraer inversión extranjera masiva. Por otro lado, sus propuestas económicas incluyen la reducción de la burocracia, recortes del gasto fiscal y la creación de un fondo de estabilización al estilo noruego para evitar la llamada «maldición de los recursos».

Finalmente, en el Cono Sur está Uruguay, un país que es gobernado por Yamandú Orsi del Frente Amplio. Es el heredero político del expresidente Jośe Mujica ya que promueve la justicia social, la ampliación de derechos y defiende la intervención del Estado en la economía. Sin embargo, no se adscribe a una izquierda dura sino que apela a un modelo conciliador y de negociación entre diversos actores políticos.

Cuando Orsi gobernó el departamento de Canelones cultivó una imagen de administrador abierto a la inversión privada y al diálogo con distintos partidos políticos, incluso con opositores de centroderecha. Otro rasgo característico es que su discurso no se ciñe a una izquierda combativa y nacionalista sino que apela a las traidiciones del país que van más allá de la división progresismo contra conservadurismo.