Sebastián Godínez Rivera

El presidente brasileño, Luiz Inácio “Lula” Da Silva, formalizó su registro como candidato presidencial por el Partido de los Trabajadores (PT).  Su objetivo es hacer frente al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien aspira a derrotar al actual ejecutivo. Sin embargo, la campaña por la presidencia de Brasil se celebra en un contexto de polarización, rechazo a las candidaturas principales y la injerencia de Estados Unidos.

Aunque los sondeos de varios medios brasileños dan una ventaja entre 8% y 10% a Lula sobre Bolsonaro, lo cierto es que ambos enfrentan amplios niveles de rechazo. En una encuesta publicada por el medio Datafolha cuando se le preguntó a la ciudadanía por cuál candidato no votaría jamás, los resultados fueron 46% para Da Silva y 48% para Bolsonaro. Ambas figuras cuentan con márgenes de rechazo amplios, pero en el caso de Lula se debe a que es un personaje que ejerció el poder entre 2003-2010 y luego en 2023.

El desgaste del poder es propio de quienes han ejercido el poder durante mucho tiempo y Lula no ha querido entender que el rechazo hacia su persona es reflejo de lo que ocurrió en varias naciones. Cristina Kirchner gestó mayores negativos en el peronismo argentino, Evo Morales en Bolivia terminó por dinamitar Movimiento Al Socialismo (MAS), Rafael Correa en el Ecuador terminó siendo una carga para los partidos de izquierda y en Venezuela el chavismo terminó en una deformación de sus planteamientos originales.

Lula es uno de esos casos que despierta filias y fobias, pero que no ha permitido el florecimiento de nuevos cuadros en su partido. A pesar de que el gobierno de Dilma Roussef terminó con su destitución, en 2019 el país vio el ascenso del bolsonarismo y esto gestó la derrota del candidato del PT, Fernando Haddad. El actual mandatario ha sido un tanque de oxígeno para la derrota de la derecha en 2022, pero su constante presencia en el terreno político centraliza el poder en su figura.

Incluso Lula debió verse con atención en el espejo de Joe Biden, tras el primer gobierno de Donald Trump los demócratas recuperaron el poder con alguien del establishment, pero cuatro años después fueron derrotados. Este escenario no puede ser descartado, puede ocurrir, pero ahora a manos del hijo mayor del clan Bolsonaro. Da Silva se concibe como un defensor de las instituciones y la democracia, pero su figura terminó siendo un lastre para la aparición de nuevos perfiles.

Por otro lado, el actual presidente está apostando por una defensa de la soberanía ante la estrategia de presión de los Estados Unidos, pero también por el medio. Lula desafió a los exponentes de la derecha latinoamericana y estadounidense a enfrentarlo y declaró que él solo necesita al pueblo brasileño. En un contexto de cambios ideológicos y de seguridad en el hemisferio, el mandatario apuesta por crear una imagen de los lulistas defensores de la patria y los bolsonaristas los entreguistas.

Sin embargo, el contexto político y económico termina siendo más complejo que los discursos de campaña. La Casa Blanca quiere que Brasil se alinee con la nueva Doctrina Donroe y el Escudo de las Américas en temas de seguridad, sin embargo, Washington también ha hecho lo propio declarando grupos terroristas a ciertas organizaciones criminales y esto fue cuestionado por Lula. En su primer mensaje de campaña declaró que invertirá en seguridad “para que no secuestren al presidente como ocurrió en Venezuela”, aquí el primer error.

Lula se comparó con un personaje autoritario que terminó defendiendo el poder con las manos llenas de sangre. La comparación podría terminar siendo un arma de doble filo, sobre todo porque la derecha ha instaurado en el inconsciente colectivo que Lula defendió dictadores. El presidente no sólo omitió cuestionar la polémica victoria de Maduro en 2024, donde no se presentaron las actas, y luego confrontó a Trump  por su política exterior.

El mandatario pretende establecer una narrativa en la que los estadounidenses podrían ir por él a Brasil y sacarlo por la fuerza, otro error. Estratégicamente lo que hacen desde Washington es presionar con el tema de seguridad para obtener mayores beneficios, pero si Lula insiste en convertirse en mártir y acusar que hay planes para secuestrar termina despertando mayores dudas. Sobre todo, porque el Departamento de Estado catalogó a ciertas bandas como grupos terroristas y el mandatario cuestionó la decisión, lo que se interpretó como una defensa del crimen organizado.

Otro elemento a considerar es la imposición de aranceles que ha sido cuestionada por Lula y que ha incorporado a su compañía como defensa de la patria. Aunque Brasil cuenta con una larga trayectoria en la carrera diplomática, ésta no está funcionando con un Trump cada vez más errático. A diferencia de otros países Brasilia ha optado por la confrontación, pero no ha buscado los mecanismos para la reducción de aranceles como lo hacen otras naciones. Muestra de ello es que Bolsonaro ya declaró que el incremento arancelario es culpa de Da SIlva porque no es un socio confiable.

Brasil enfrentará una de las campañas más encarnizadas debido al tonelaje de los candidatos punteros, Lula y Bolsonaro, sin embargo, el primero está teniendo una mala lectura del contexto. Mientras que el segundo está apostando por la estrategia de las derechas latinoamericanas de atender la inseguridad y devolver la tranquilidad a la ciudadanía.

El castigo a los oficialismos en varias naciones se ha vuelto tendencia y los brasileños podrían asestar un golpe al actual mandatario, muestra de ello es que en 2022 le otorgaron la presidencia, pero el bolsonarismo es la primera fuerza legislativa.