
Sebastián Godínez Rivera
El ascenso de las derechas en Latinoamérica abrió un nuevo debate desde 2022 y tiene que ver con el hartazgo y la indignación. Históricamente las izquierdas fueron el canal de lucha para hacer frente al conservadurismo, hoy ya no lo son y ese lugar lo han ganado las nuevas derechas. Se apela a la injerencia de Estados Unidos, se cuestiona a la gente por la forma en la que vota, pero no hay una autocrítica de ninguno de los liderazgos que han perdido el poder.
La izquierda se alejó de la ciudadanía y se encerró en debates bizantinos y brahámicos, como lo dice el economista Thomas Piketty. Sus votantes como obreros, campesinos y un sector de las clases medias encontraron cabida en la derecha, muestra de ello el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y los votos que obtuvo de las principales zonas industriales de Michigan, Indiana, Illinois, Ohio y Wisconsin.
Pero las izquierdas latinoamericanas que durante los primeros años ganaron el poder, hoy están reducidas a cenizas o con problemas internos por diversas razones. La autocrítica ha sido vista por algunos sectores como una provocación o intentona para debilitarlo. Desde 2022 cuando el hemisferio comenzó a girar a la derecha las izquierdas no han hecho más que culpar electores, enemigos imaginarios e incluso han sacado a relucir su faccionalismo.
1. La personalización del poder. Quienes ejercieron el poder en los primeros años del siglo XXI se enquistaron en el cargo y se consideraron imprescindibles para disputar el poder. Quienes prometieron modernidad, pluralidad y relevo generacional terminaron siendo los sepultureros de sus movimientos.
Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa del Ecuador, Cristina Fernández en Argentina, Manuel Zelaya en Honduras y Lula Da Silva en Brasil. Todos ellos ejercieron el poder con sus errores y aciertos, pero cuando tuvieron que dejar el poder optaron por ejercerlo desde diversas trincheras. Por ejemplo, Cristina Fernández se postuló a la vicepresidencia junto con Alberto Fernández; Evo Morales intentó cambiar la constitución para quedarse en el poder; Correa en el Ecuador siguió el mismo camino que Morales; mientras que Zelaya y Xiomara Castro apostaron por sus figuras para controlar los cargos públicos.
Y finalmente, Lula Da Silva disputa una vez más la presidencia porque el Partido de los Trabajadores no tiene figuras que derroten a la nueva derecha. En cada uno de los casos anteriores, el problema fue que taparon el acceso de otros cuadros al poder, mientras que otros erosionaron la imagen de quienes apenas la construían.
Por ejemplo, Lula cuando empezó a ser investigado por la operación Lava Jato se refugió en el gabinete de Dilma Rousseff hasta que dimitió. En Argentina las pugnas entre Alberto Fernández y Cristina materializaron la derrota de su candidato, Sergio Massa. En la vecina Bolivia, Evo Morales se confrontó con Luis Arce y la división llevó a la implosión del Movimiento Al Socialismo (MAS). Correa dejó a Lenin Moreno en el Ecuador, cuando se enemistaron el partido Alianza-País desapareció. Y en Honduras, la insistencia de Zelaya advirtiendo un supuesto fraude en 2025 terminó socavando a su candidata Rixi Moncada.
2. La izquierda revolucionaria se autocratizó. Algunos representantes del progresismo terminaron ejerciendo el poder de forma unipersonal, casualmente, quienes prometieron más democracia terminaron socavándola. En Nicaragua, la pareja de Daniel Ortega y Rosario Murillo volvió al poder en 2007 y reformó al país hasta convertirla en la “Corea del Norte” latinoamericana.
En Venezuela el chavismo terminó siendo un experimento de represión y violencia, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro. Instauraron el miedo como política de estado y se encargaron de silenciar a opositores, dinamitar contrapesos y asfixiar la libertad de expresión. Finalmente, mucho antes de la ola progresista de 2002-2015 la dictadura cubana se instauró desde 1959, promoviendo un “sueño revolucionario” que ya no tiene cabida en el siglo XXI.
3. El carisma no se traspasa a otros candidatos. Similar al punto 1, hubo algunos líderes de la región que tuvieron buenos resultados y se convirtieron en símbolos de una izquierda democrática. Me refiero a Michelle Bachelet y Gabriel Boric en Chile, José Mujica en Uruguay y Lionel Fernández en República Dominicana.
Estos personajes no socavaron la democracia y se mostraron dispuestos al diálogo y la construcción de acuerdos. Pero en algunos casos la falta de resultados en tema de seguridad, economía y crecimiento pasaron factura a la ciudadanía. Sus gestiones fueron reemplazadas por personajes de la derecha liberal como en el caso uruguayo y dominicano, mientras que en otros la nueva derecha los derrotó, caso de Chile.
4. La demagogia y la corrupción. Algunos presidentes se sintieron con la posibilidad de movilizar a su base social bajo el argumento de golpes de estado blandos como Gustavo Petro e Iván Cepeda en Colombia. Mientras que en otros casos, el partido terminó sumido en la corrupción total, caso salvadoreño con el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional.
En ambos casos los exponentes del progresismo terminaron envueltos escándalos por financiamiento ilegal a las campañas o inventos de injerencia en las elecciones (Colombia). Mientras que otros sacaron a relucir sus acuerdos con grupos criminales (El Salvador) para reducir mínimamente la inseguridad sin atacar el problema de fondo. Otro caso es el de Panamá, el hijo del general Omar Torrijos, Martín Torrijos, ocultó bajo el apellido de su padre los malos manejos de dinero y el abuso de poder dentro de su propio partido.
5. A la izquierda de qué. En muchos casos algunos personajes y partidos se asumen progresistas, pero en el ejercicio del poder tienden al pragmatismo. Principalmente en la política económica, los derechos de la diversidad sexual, el feminismo y la defensa de la democracia tienden a confrontar a los presidentes con sus preceptos.
Por ejemplo, Morena en México se dice de izquierda, pero la militarización, el rechazo al feminismo, la pugna por una visión moral de la sociedad lo alejan de una izquierda moderna. En Guyana, el Partido Progresista del Pueblo-Cívico bajo el presidente Irfaan Ali ha tendido hacia la derecha económica. Y en Uruguay, el ejecutivo Yamandú Orsi se dice heredero de la política de Mujica, pero es más un perfil que cohabita con la economía de libre mercado.

