Por Ruby Soriano

La política desgasta, pero la polarización aniquila.

Llevamos varios días, mirando y escuchando a un Presidente Andrés Manuel López Obrador enganchado con el tema de la llamada “Casa Gris”.

Ha sido durísimo el embate sobre las revelaciones que señalan las inconsistencias en los argumentos presentados por su hijo José Ramón López y su nuera Carolyn Adams.

El mandatario no ha perdido un minuto para lanzar toda su artillería contra el periodista Carlos Loret de Mola, perdiendo de vista que, con ello sigue criminalizando la actividad del periodismo en México.

López Obrador se ha convertido en el eje abierto de una gran confrontación, no sólo con el periodismo y sus detractores, sino también con una parte importante de la sociedad civil, que mira en el Presidente, un evidente desequilibrio en el manejo de sus emociones.

La personalidad de AMLO hoy se encuentra muy lejos de su propia república amorosa con la que endulzó a sus seguidores en una campaña donde se presentó como un personaje que, de la noche a la mañana, se convirtió en un “gran conciliador”.

Una vez que asumió el poder, el Presidente retomó los extremos de su personalidad cuya necedad ha sido el sello de su mandato.

Querer que un país piense en automático como su mandatario, es casi exigir que la democracia se convierta en la autocracia de la cuarta transformación.

Tenemos a un Presdiente que desde hace varios días se ha olvidado de gobernar para los mexicanos y ha centrado sus prioridades en los caprichos y el cobro de facturas por lo que considera “ataques” a su primer círculo familiar.

Hoy en la agenda del Presidente el tema de #JoséRamón (su hijo), es prioritario frente al crecimiento de la pobreza, el alza de la inseguridad, las desapariciones forzadas, la pandemia, el crimen organizado y muchos temas que son los que realmente nos interesan a los ciudadanos.

Mirar y escuchar a un Presidente con el rostro desencajado, repitiendo todos los días los mismos ataques hacia el mismo personaje periodístico, nos llevan a preguntarnos en qué condiciones se haya su salud mental y emocional.

Un gobernante requiere de equilibrios emocionales para enfrentar las grandes crisis que suelen darse en el transcurso de su mandato.

Sin embargo, lo que hoy apreciamos es a un Presidente rebasado por una crisis que al paso de los días sigue exhibiendo más detalles sobre los excesos no sólo de su familia, sino de sus más cercanos asesores y funcionarios.

Es un riesgo que, en una etapa de tanta polarización, el mandatario refleje el poco control sobre sus propias emociones, volviéndolo repetitivo e incongruente.

Estamos en un momento donde México exige respuestas a un Presidente no sólo sobre los negocios que se pudieron haber hecho al amparo de su investidura. Sino también dejar de concentrarse en venganzas o confrontaciones personales, para atender temas reales como los asesinatos de periodistas.

La polarización rebasó la personalidad de un Presidente que, con sólo escucharlo repetir su mismo discurso desde hace más de una semana, nos muestra que hoy gobierna con clarísimo desequilibrio emocional.

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