Sebastián Godínez Rivera

La relación entre los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) atraviesa uno de los momentos más tensos producto de la guerra en Irán. Donald Trump se quedó esperando el apoyo de los países aliados, el cual nunca llegó, por lo tanto, Estados Unidos ha sido enfático en que no respaldará a las naciones europeas si estas solicitan ayuda, indirectamente refiriéndose al tema de Ucrania.

Europa tiene un peso fundamental a nivel económico y geopolítico, sin embargo, desde 1950 perdió el liderazgo del mundo libre a manos de Estados Unidos. Como ocurre en los procesos de corta duración, en palabras de Braudel, la capacidad de las naciones del viejo continente para articular sus intereses comunes en materia de seguridad se ha vuelto un problema en la relación trasatlántica.

Con el fin de la guerra fría en 1991 los europeos se consideraron vencedores, sin que hubiera un tratado. La victoria ideológica del capitalismo sobre el socialismo y la democracia ante el socialismo consolidó un nuevo paradigma a nivel global que no estableció nuevas reglas y consensos entre los vencedores y vencidos. Al contrario, se construyó la imagen de un orden unipolar donde Estados Unidos fungía como la gran potencia sin límites y su voluntad era la única válida.

Los aliados permanecieron cómodos oscilando entre los legal, es decir, pregonando acuerdos, tratados y cláusulas para mantener el status quo, pero a su vez legitimaron acciones bélicas e intervenciones a manos de Estados Unidos con el objetivo de no tener problemas. La disputa entre lo legal y lo legítimo no es nueva, empero, el primero responde a las normas escritas y el marco jurídico, mientras que el segundo apela a la popularidad e incluso a una concepción construída.

En ese sentido Europa aceptó las condiciones y se subordinó a los designios de Washington creyendo que como aliados las tensiones nunca se elevarían. La segunda presidencia de Trump puso en jaque al bloque transatlántico desde que insinuó que quería comprar Groenlandia, pero la tensión se elevó con la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz que es esencial para el cruce del 25% de los combustibles del mundo. Mientras Washington pedía apoyo de sus aliados los líderes europeos decidieron aplicar la estrategia de Carlos Salinas de Gortari, es decir, “ni los veo, ni los oigo”.

Líderes como el canciller Merz, el primer ministro británico Keir Starmer o el presidente francés Emmanuel Macron dejaron clara sus postura de no intervenir en Irán, pero sí querían el petróleo del país árabe. Washington criticó que sus aliados europeos llamaron a Estados Unidos para mediar en el tema de la guerra en Ucrania porque ellos no sabían controlarlo y necesitaban de un tercero.

A las críticas se sumó el Secretario de Estado Marco Rubio quien desde la Conferencia de Seguridad de Múnich declaró que Ucrania era un tema europeo y los estadounidenses no tendrían injerencia. Cabe destacar que desde principios de los noventa Estados Unidos ha fungido como mediador en varios asuntos europeos e incluso es el garante de la seguridad de sus vecinos, por eso muchas veces Trump ha señalado que aportan mucho a la OTAN y las otras naciones nada.

Sin embargo, el tema de la OTAN ha generado polémica desde que George H.W. Bush impulsó la expansión de esta organización hacia el este. De acuerdo a documentos del Departamento de Estado su entonces titular James Baker prometió al líder de la Unión Soviética, MIjaíl Gorvachov, que permanecerían hasta Alemania como límite de los estados miembros. No obstante, esta continuó extendiéndose lo cual constantemente es reclamado por Rusia.

Hoy la adhesión de más miembros ha generado mayores dificultades para ponerse de acuerdo en temas medulares como la guerra ruso-ucraniana o la guerra en Irán. Ante los constantes desacuerdos los Estados Unidos han ponderado la posibilidad de dejar la organización bajo el argumento de la falta de cooperación de sus socios, principalmente los europeos. A pesar de que nada está escrito aún, lo cierto es que la omisión de Europa caló hondo en Washington y no será olvidado.

Hasta el momento la guerra en Ucrania no ha cesado y la mediación de Estados Unidos en un principio buscó una salida rápida. Luego de la confrontación entre Trump y el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, al decir que España no participaría en el conflicto, pasando por el desencuentro entre el republicado y Keir Starmer cuando el segundo negó el uso de bases militares hasta las constantes descalificaciones con Macron, es posible señalar que la OTAN tiene fisuras.

La dependencia de Europa hacia Estados Unidos en el tema de seguridad y defensa no es cosa menor, aunque se han hecho propuestas para formar un ejército europeo, poner la energía nuclear francesa al servicio de otras naciones y cohesionar a los aliados esto solo ha quedado en declaraciones. Washington sabe que el viejo continente necesita de ellos y no cesará sus embates y presiones hasta que logré alinearlos como lo hizo cuando obligó a elevar las cuotas para inversión en defensa.

La relación trasatlántica no se encuentra en su mejor momento ya que el edificio comienza a crujir desde dentro cortesía de un presidente errático, pero también de socios que optaron por el silencio. Es apresurado y poco ético decir que la OTAN desaparecerá o que ya ha muerto, sin embargo, es posible que la alianza se siga fisurando lo que afectaría principalmente a los europeos.