Sebastián Godínez Rivera

La derrota de Viktor Orbán y el oficialismo de Fidesz en las elecciones parlamentarias del 12 de abril es un hecho relevante porque debilita a las derechas nacionalistas de Europa, sin embargo, no es posible afirmar que la democracia regresará. El proyecto orbanista se construyó durante 16 años donde se sometieron los medios de comunicación, se colonizó al poder judicial, se erigieron redes clientelares y el poder orbitó alrededor del primer ministro.

Péter Magyar, el líder de la oposición confirmó uno de los viejos postulados para derrotar las autocracias electorales, es decir, que la escisión de un miembro de la coalición gobernante puede hacer competitivo a otro partido. Magyar era esposo de Judit Vargas, Ministra de Justicia de Orbán, que dimitió junto con la presidenta, Katalina, Novac, en 2024 luego de que fue indultado un director de un penal acusado de agredir sexualmente.

El escándalo se tradujo en la separación de Vargas y Magyar, este último pasó a la oposición para abanderar el Partido Respeto y Libertad. Hungría demostró que la coalición autoritaria puede fragmentarse si un personaje que conoce las entrañas del sistema disputa el poder. Si bien, hay una nueva fuerza gobernante esta no surgió de la sociedad civil, sino que era un personaje allegado al poder que por diferendos optó por desafiar al oficialismo.

Esto recuerda a México en 1987, cuando la Corriente Democrática del PRI, abanderada por Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo dejaron el Revolucionario Institucional para fundar otro partido. Para 1988 México vivió los comicios más competidos en el siglo XX, el sistema se cayó, según Bartlett y se calló como lo escribe la periodista Martha Anaya, es decir, hubo un fraude electoral. El caso mexicano demostró que la ruptura del autoritarismo debilitaba a la cúpula gobernante.

Algo similar ocurrió el 12 de abril con los húngaros quienes cansados de Orbán con su política soberanista y confrontativa optaron por un cambio. Si bien, la derrota de Fidesz es un hecho importante cabe destacar que todas las instituciones del país están ocupadas por miembros ligados a Orbán y en caso de que Magyar trastoque los intereses de estos grupos existe la posibilidad de que las relaciones con el nuevo gobierno sean tensas. Desde los medios públicos ligados al poder pasando por los jueces que fueron impuestos desde 2011.

Es importante entender que en los procesos de transición del autoritarismo a la democracia varias naciones no consolidan el pluralismo, sino que se mantienen en lo que Guillermo O´Donnell llamó regímenes híbridos o zonas grises. Hungría bajo Orbán no era una dictadura, pero sí una democracia iliberal, es decir, combinaba elementos democráticos y autoritarios. La tarea de Magyar y su coalición parlamentaria no es menor, si aspiran a retomar el camino democrático deberán abrir canales de diálogo con los excluidos.

El país deberá reformar varias de sus instituciones, remover a funcionarios leales al orbanismo y establecer las nuevas directrices para un pacto pluralista. La Historia y la Ciencia Política han demostrado que quienes apuestan por coexistir con estructuras autoritarias tienen problemas para gobernar. Sin embargo, Magyar tiene una ventaja, proviene del sistema, lo que le da un margen de acción más grande.

Otro factor de peso que impacta desde el exterior al interior del país era que Orbán estaba ligado a Vladimir Putin, pero también a Donald Trump. La derrota del oficialismo modificará la correlación de fuerzas en el este del continente, puesto que Magyar se considera un conservador, europeísta y cauto; la Unión Europea recibió con buenas noticias un nuevo primer ministro que aspiran se acerque al bloque occidental y no apueste por la defensa de Rusia ante las sanciones impuestas por el organismo supranacional.

Asimismo, el bloque nacionalista de países como República Checa, Eslovaquia, Serbia o Croacia han perdido a un perfil de peso, ya que estos países tienen primeros ministros o presidentes que están asociados a los rusos y pregonan el nacionalismo radical. Europa tenía los ojos puestos en Hungría, así como los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) quienes aspiran cohesionar para plantar cara con mayor fuerza a los rusos. Seguramente en Washington y Moscú no han recibido con gusto la noticia, sobre todo, porque los estadounidenses enviaron al vicepresidente J.D. Vance y al Secretario de Estado, Marco Rubio, para mostrar su apoyo a Orbán.

Es apresurado afirmar que la derrota de Orbán y el nacionalismo es definitiva, al contrario, pasarán lustros para que el país recupere la institucionalidad y el equilibrio democrático. No es una victoria menor, al contrario, hay que felicitar a las y los húngaros por su determinación, pero siendo objetivos el país no cambiará de un día a otro. La hibridación de los regímenes es común, en naciones que se democratizaron a finales de los años noventa, pero que no atendieron los problemas estructurales heredados de la era soviética.

Para los politólogos Hungría podría convertirse en un laboratorio para entender los avances y retrocesos en materia democrática, la resiliencia institucional y la capacidad del sufragio para derrotar a los autócratas. No todo está perdido, pero quienes esperan un cambio en las siguientes 24 o 48 horas, semanas y meses están equivocados, estos se darán de forma paulatina en el mediano y largo plazo.