
Sebastián Godínez Rivera
Perú ha sido catalogado como una democracia fallida a raíz de las sucesivas crisis políticas que ha vivido desde 2016, ha tenido 8 presidentes en 10 años y tras los comicios de este año tendrá al noveno. Durante muchos tiempo la Ciencia Política ha teorizado respecto al sistema político peruano y su inestabilidad, sin embargo, en una revisión histórica y comparativa es posible afirmar que Perú tiene muchas similitudes con la República de Weimar (1919-1933).
Autores como Dieter Nohlen y Aldo Solari teorizaron en el libro Reforma Política y Consolidación Democrática (1988) abordaron el caso de Weimar como un sistema político híbrido que llevó a su colapso con Adolf Hitler. La Alemania de entreguerras se caracterizó por un sistema de partidos atomizado, una legitimidad dual que confrontaba al primer ministro y al presidente, la Constitución de Weimar dotó a la presidencia de varios poderes que mermaban el papel del parlamento y los partidos políticos dependían de un liderazgos caudillista para conseguir votos.
Por otro lado, el sistema político peruano tiene las mismas similitudes que generan inestabilidad, por ende, llevan la polarización entre liderazgos eleva las posibilidades de vacar presidencias. Perú se ha vuelto un referente para el estudio de un diseño institucional deficiente heredado del autoritarismo, la Carta Magna de 1993 nacida del gobierno de Alberto Fujimori, introdujo tintes parlamentarios bajo el argumento de generar estabilidad.
La primera similitud está en dos personajes: el peruno Alberto Fujimori y el presidente alemán, Paul von Hinderburg, eran tendientes al autoritarismo. Mientras en Weimar las izquierdas y derechas se enfrentaban en las calles, en Lima la guerrilla cometía actos terroristas, poniendo en juego la estabilidad del país. Tanto para Fujimori como para Hindenburg, la constitución era un instrumento que debía tener raíces autoritarias para ejercer el orden y la estabilidad.
Hindenburg había sido monarquista, pero al juramentar sobre la Constitución de Weimar este propuso que la presidencia fuera pilar del ejercicio del poder. En el mismo tenor, Fujimori había presenciado la inestabilidad generada por la guerrilla y los grupos de izquierda, por lo que optó por la reforma del sistema. En ese sentido hay dos personajes con una percepción autoritaria en la cual se ejerce el poder, por lo tanto, el papel de los actores tiene un peso esencial en la conformación de sistemas políticos.
Respecto al sistema político de Perú y Weimar ambos partían de la concepción de los contrapesos, sin embargo, el diseño estaba mal implementado. La doble legitimidad del presidente y el primer ministro, el primero es electo por voto popular y el segundo proviene de la mayoría que forme un partido o coalición, empero, en los casos de Perú y Weimar el presidente puede designar y remover al primer ministro.
Esta doble figura que en sistemas semipresidenciales pretende evitar la acumulación de poder, pero esta fue mal diseñada para los casos de este texto. En Perú el primer ministro carece de una legitimidad de origen, mientras que el ejecutivo tiene la capacidad de influir para quitarlo del cargo. Esto era una facultad del presidente en Weimar, Hindenburg destituyó a cuatro jefes de gobierno lo que generó un desbalance en el sistema político y allanó el camino para el ascenso del nazismo.
Las facultades del ejecutivo eran amplias debido a la fragmentación del congreso aunque en Peŕu el parlamento tiene mucha fuerza la atomización de partidos es lo que favorece la inestabilidad. Al ser institutos políticos personalistas como Fuerza Popular de Keiko Fujimori, formaciones ocasionales para cada proceso electoral y algunas otras de larga data como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) tienden a ser partidos personalistas.
Algunos han tenido éxito en la construcción de estructuras y votantes como el fujimorismo de la mano con Keiko quien ha competido por la presidencia a los largo de 16 años. Otros lograron captar sufragios en los primeros años de la transición del fujimorismo a la democracia como el APRA y algunos como Perú Libre movilizaron el descontento producto de una coyuntura que les permitió ganar. En el Perú los partidos atraen a ciertos sectores poblaciones, pero las élites internas con las que condicionan la estabilidad a sus intereses con el gobierno en turno.
En el Reichstag de Weimar las fuerzas políticas estaban fragmentadas, los extremos de comunistas y nacionalsocialistas impedía la formación de coaliciones de gobierno, por lo tanto, Hindenburg debía gobernar por decreto. Desde 1918 hasta 1933 Alemania tuvo 17 cancilleres, cuatro removidos por Hindenburg y el resto vacados por el parlamento. La inestabilidad marcó un proceso de polarización y fragmentación en un contexto marcado por la crisis económica, la humillación de los alemanes y la falta de visión de Estado.
En ambos casos la inestabilidad era producto no solo de quienes ocupaban el poder sino que el mal diseño institucional abría la puerta para la fragmentación y la disputa entre fuerzas políticas. En esencia la combinación de figuras parlamentarias con el presidencialismo terminó por hacer una constante la inestabilidad dando paso a la llegada de Hitler, mientras que en Perú esto se ha traducido con la vacancia de 7 presidencias gestando la incertidumbre porque el hecho de ser electo no garantiza completar el mandato.
En conclusión, el mal diseño institucional es un elemento que no ha sido abordado a profundidad a pesar de los diversos diagnósticos y la revisión comparada con otros sistemas políticos. La herencia de Fujimori gestó una democracia fallida que no logra articular las demandas ciudadanas con los grupos partidistas, además, la debilidad de la dualidad ejecutiva tiende a sembrar mayores problemas.

