Sebastián Godìnez Rivera

El país andino celebró elecciones en las cuales compitieron 35 candidaturas por la presidencia, sin embargo, de acuerdo a los datos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) deberá celebrarse una segunda vuelta el 7 de junio entre la derechista Keiko Fujimori y el ultranacionalista Rafael López Aliaga.

Los comicios estuvieron marcados no solo por la polarización, sino por acusaciones contra las instituciones electorales de fraude, irregularidades en la entrega de material electoral y problemas de coordinación. Los hechos mencionados con antelación no son un problema menor sino que ponen en duda la integridad de los comicios y fomentan la incertidumbre entre la ciudadanía, tomando en cuenta que varios actores políticos no son democráticos.

Ahora bien, la segunda vuelta entre Fujimori y Aliaga solo vaticina que el país girará a la derecha, lo cual es un gran noticia para la Casa Blanca quien considera al Perú como un aliado estratégico. En medio de la reconfiguración geopolítica latinoamericana, la nación andina es un pilar clave para la construcción del área de influencia latinoamericana. No obstante, habría que analizar con qué derecha se sentiría más cómodo Trump.

Keiko Fujimori es hija del expresidente Alberto Fujimori que gobernó entre 1990 y 2000; es conocida porque este es su cuarto intento por buscar la presidencia. En el terreno ideológico es defensora del libre mercado, aspira a un gobierno de mano dura contra la inseguridad, considera que la democracia no debe ser débil, sino que ésta debe ser guiada, se opone al aborto, la comunidad de la diversidad sexual y es defensora del legado de su padre. Su radicalismo la ha hecho ganarse el apodo de la “Marine Le Pen peruana”.

Por otro lado, Rafael López Aliaga fue alcalde de Lima, pero es conocido por su fundamentalismo católico, en varias ocasiones ha declarado que practica la autoflagelación cuando considera que ha pecado, presume de vivir en celibato y es simpatizante de la corriente del Opus Dei, facción de la iglesia Católica sumamente conservadora y que en México estuvo ligada al sacerdote Marcial Maciel quien fue señalado de abuso de menores. El político ha dicho que de llegar a la presencia respetará el carácter laico del Estado.

Considera la homosexualidad como una enfermedad, se opone a los derechos reproductivos, su concepción de terrorismo está asociada a la izquierda, defiende el libre mercado y es detractor del Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Los peruanos han llevado al ballotage a dos personajes que son muy similares en el terreno económico y político, sin embargo, la principal diferencia yace en que uno pregona su religión en todos los ámbitos, mientras que la otra candidata busca limpiar el legado de su progenitor.

Es posible señalar que quien resulte electo será visto con buenos ojos por Washington, es importante considerar que ninguno de los dos busca una confrontación con los estadounidenses sino colaboración. Cuando José Jeri fungió como presidente interino, Trump lo elogió y consideró un aliado, pero tras su caída y la llegada de José María Balcázar el país andino quedó excluido de la Cumbre Escudo de las Américas.

Otro tema relevante es que Perú se ha hecho conocido por la inestabilidad de su sistema político y aunque el Senado ha vuelto bajo el argumento de garantizar estabilidad es posible que este no logre su función. Primero, el Congreso de Perú, es decir, la Cámara Baja tiende a la fragmentación atomizada de los partidos políticos, a esto se suma que sus integrantes tienden a negociar prerrogativas o privilegios para evitar que un presidente caiga, muestra de ello es el interinato de Dina Boluarte que fue uno de los más estables.

Mantener el poder dependeŕa de quien gane y si su partido consigue una mayoría o alianzas para evitar la vacancia presidencial, si Fuerza Popular de Fujimori gana varios escaños o si Renovación Popular. Sin embargo, un dato interesante es que tras el fallido autogolpe de Pedro Castillo en 2022, el partido de Keiko Fujimori fue uno de los pilares para mantener a Dina Boluarte en el poder, en 2026 fracasó en su intento de bloquear la vacancia contra José Jeri.

Es importante mencionar que el fujimorismo se ha vuelto un pilar del sistema político peruano que tiene la capacidad de blindar o presionar a los ejecutivos. En ese sentido, el fujimorismo como ideología no desapareció sino que persiste como un ente etéreo en la política peruana que permite ganar votos, no es casualidad que la hija del expresidente busque limpiar el legado de su padre, pero que su adversario también comulgue con varios elementos del fujimorismo.

Si bien existe un debate sobre el papel de Alberto Fujimori en la historia, las opiniones se encuentran divididas puesto hay personas que aplauden como acabó la guerrilla, impulsó reformas económicas y estabilizó al país. Por otro lado, está el antifujimorismo que cuestiona la violación de derechos humanos, el terrorismo de estado y el sometimiento de los poderes del Estado. Perú está por vivir una segunda vuelta que quizá no sea polarizante, pero que será disputada a la sombra de Fujimori.