Por Gustavo García

La Cuarta Transformación es como el cantante de feria que desafina y lastima los oídos, pero está convencido de que da el concierto de su vida porque sus propios músicos le aplauden.

Así gobiernan.

México se derrumba, pero ellos aplauden, la economía se desacelera mientras ellos festejan, la violencia rompe récords, pero ellos se congratulan, todos los hospitales carecen de medicamentos, pero ellos aseguran que es como Dinamarca.

Y mientras la realidad es que México se cae a pedazos, la maquinaria propagandística bien aceitada, trabaja horas extras para promover que vivimos en el paraíso.

Y es que debemos reconocer que la 4T descubrió algo extraordinario: si repites una mentira todos los días durante años, seguramente no se convertirá en verdad… pero sí en un gran discurso oficial.

Porque ellos no gobiernan con resultados, si no con narrativas.

La inseguridad no existe, es solo una mala percepción.

La corrupción no existe, son ataques violentos de los conservadores.

Los escándalos no existen, son campañas mediáticas orquestadas, incluso desde el extranjero.

Las masacres no existen, son casos aislados, magnificados por una derecha rapaz.

En la 4T no hay errores, son herencias del pasado que ellos están solucionando o ataques pagados en redes, para desprestigiarlos.

Y así, entre excusas y conferencias, han construido un país de ensueño, donde todo en su realidad alterna, funciona maravillosamente.

Pero en el México real, ese en el que usted y yo vivimos, si hay carreteras tomadas por criminales, regiones enteras bajo control de grupos armados y ciudadanos que aprendieron a vivir con miedo.

Y aquí aparece lo que para muchos es evidente:

Durante años, distintos reportes, investigaciones periodísticas, procesos judiciales y declaraciones de autoridades extranjeras han corroborado las sospechas sobre la relación entre el poder político que hoy nos gobierna y el crimen organizado.

 Sin embargo, la 4T sólo lo niega, sin aclarar, investigar o transparentar todo eso que se le señala, incluso desde gobiernos extranjeros.

La respuesta favorita ante esto, es siempre atacar al mensajero, buscar matar la nota, de preferencia cambiar la conversación o justificarlo en supuestos ataques buscando crear un enemigo.

Y mientras para los ciudadanos el país parece derrumbarse, el gobierno responde con estadísticas, gráficas, aplausos y otros ejercicios de auto celebración, dignos de una república bananera con presupuesto para redes sociales y acarreados en las marchas.

Sin embargo, hay que decir que la gente puede soportar muchas cosas: la inflación, los baches, las promesas incumplidas y hasta los discursos interminables, pero lo que no soporta, es que intenten convencerla de que no existe lo que ve, que no escucha lo que escucha, que incluso, no siente lo que siente.

Es ahí donde surge la verdadera pregunta, ¿qué ocurrirá cuando millones de mexicanos descubran que detrás de la supuesta transformación hay más propaganda que resultados?, porque ese día, los aplausos oficiales ya no alcanzarán, las porras ya no servirán, y los bots ya no convencerán.

Y quizá entonces, como sucede con todos los gobiernos que terminan creyéndose sus propias mentiras, llegará el momento inevitable en que la gente se harte y de manera tajante exclamara, como dijo el clásico:

Marchas…

Y te vas.