Alejandro Guillén Reyes

Las dos diputadas de MORENA en Puebla que han sido duramente criticadas en redes sociales -y con razón- por discriminar a adultos mayores, son el ejemplo más acabado de una clase política decadente.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo hemos venido registrando esa decadencia desde la sociedad en Puebla? Para emitir un juicio de nuestra parte, tomo como parámetro el fenómeno de la corrupción, entendida como una característica detestable en toda persona que se dedica profesionalmente a la política y que puede ser un indicador importante de la decadencia de la clase política gobernante.

Por supuesto que la clase política se ha venido deteriorando en las primeras dos décadas del siglo XXI, pero ese deterioro se aceleró en 2019 con la llegada de la cuarta transformación a Puebla. Hasta antes de 2018, la corrupción ya presentaba indicadores preocupantes, pero después de ese año empeoraron. En la medición de 2023, Puebla llegó a ocupar el lugar 29 de las 32 entidades del país en percepción sobre la frecuencia de la corrupción (categorías muy frecuente y frecuente), solo superado por la Ciudad de México, Michoacán y Chiapas.

Y cuando intentábamos salir a la superficie para tener un respiro con la elección de 2024, terminamos rascando bocabajo.

Las cifras de la ENCIG de 2025 nos muestran que en Puebla estamos peor que en 2023: no sólo aumentó la percepción, sino que aumentaron también tanto los hechos de corrupción como el número de víctimas de la corrupción.

Ahora bien, ¿por qué nuestra sociedad ha tolerado que esta clase política pueda ejercer el poder a sus anchas y que está a punto de convertir a México en una dictadura?

Mi respuesta es la siguiente: porque alrededor de la mitad de nuestra sociedad ha normalizado la corrupción, la tolera y quizás, en no pocos casos, se ha corrompido.

Ahí está una de las conclusiones de la encuesta realizada en 2025 por la Secretaría Ejecutiva del Sistema Anticorrupción del Estado de Puebla la cual no podemos ni debemos ignorar: dicen textualmente «Existe una disminución del rechazo social hacia la corrupción en Puebla…». En la encuesta de 2021, el 80.8 % de los encuestados rechazaba la frase «No importa que (mi candidato/partido) robe, mientras salpique». En la encuesta de 2025, solo el 56.4 % la rechaza.

Cuando casi la mitad de una sociedad tiene los valores torcidos, ¿cómo podemos exigir una clase política virtuosa, dotada de una ética pública?

Por ello, no es casualidad que tengamos de diputadas a las dos personas que han sido linchadas en redes sociales por decir sandeces.

Que ellas ocupen una curul tiene dos responsables:

Su partido, cuyo deslinde y sanciones debieron llegar hace mucho tiempo y no ahora (como si no se hubieran enterado de sus andanzas anteriores).

Y, por supuesto, el «pueblo bueno» que votó por ellas y que seguirá votando por ese partido con personas como ellas, siempre y cuando lo “salpiquen”.

*Nota: esta colaboración tuvo como punto de partida la discusión suscitada en Facebook entre mis amigos Sergio Mastretta, Leobardo Espinoza y Juan Carlos Canales.

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