Alejandro Guillén Reyes
En el mensaje con motivo de su segundo informe de gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó: «que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos, lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad».
Esta frase —aplaudida en Palacio Nacional por los asistentes y cuestionada por algunos que no fueron invitados— nos plantea la siguiente interrogante:
¿Hasta dónde se podrá mantener esa “unidad”? O bien, ¿Hasta dónde podrá resistir la presidenta en su defensa del «pueblo» frente a las presiones internas y externas para no dejar en la impunidad los casos de corrupción y los nexos con el crimen organizado de personajes clave que la apoyaron a llegar a la presidencia de la República? Cabe precisar que en la palabra «pueblo», en el discurso oficial, se incluye únicamente al gobierno, a MORENA, a su coalición partidista y a sus simpatizantes; el resto (aproximadamente el 50 % de las y los mexicanos que no simpatizan con el actual régimen), pasan a ser “la derecha”, “los conservadores”, “los traidores a la patria”, “la oposición”, etc.
Respecto a que no existe división al interior del gobierno o de la coalición gobernante, la presidenta ha sido pragmática: para garantizar la unidad ofrece impunidad a los compañeros acusados de corrupción o de colusión con la delincuencia organizada. Siguiendo el antecedente de Rubén Rocha Moya en Sinaloa, parece que lo único que la mandataria exige a cambio es que, al ser señalados, se retiren de los cargos públicos y de los reflectores, o bien que se desvinculen del partido —como en el caso del senador Enrique Inzunza— para evitarle cuestionamientos en sus “mañaneras” detonados por los escándalos mediáticos. Hoy en día, para evadir estos temas o desviar la atención, ya no basta con recurrir al pasado remoto, desde Hernán Cortés hasta Genaro García Luna. Simplemente ya no les alcanza para justificar la mediocridad o la pobreza de sus resultados.
Por otro lado, en el caso de Andrés Manuel López Obrador y su familia, un distanciamiento con Sheinbaum no es factible: significaría el fin de MORENA y de su alianza en el poder. Esto no solo se debe a que López Obrador la colocó en la presidencia en 2024 utilizando todos los recursos -legales e ilegales- a su alcance, sino a que AMLO constituye el pilar simbólico de la llamada «Cuarta Transformación». Entre la oposición y diversos analistas, se ha insistido durante dos años en la necesidad de que Sheinbaum rompa con López Obrador, pero la presidenta los ha decepcionado y así será hasta que le sea imposible seguirlo protegiendo.
El grupo en el poder suma ya ocho años gobernando, y las instituciones junto con los servicios públicos (infraestructura, impartición de justicia, seguridad, combate a la corrupción, salud, educación o deuda pública, entre otros) distan mucho de ser lo que pregona la propaganda oficial. Esta propaganda (divulgada por periodistas e “influencers” simpatizantes del actual régimen) junto con los programas sociales, han sido la fórmula para tener anestesiada la conciencia del “pueblo bueno”.
Al final de su discurso, la presidenta aseveró que «solo con honestidad se dan verdaderamente resultados». Siendo honestos, ni ha habido honestidad ni ha habido buenos resultados de su gobierno en los rubros mencionados anteriormente. Aquí en este espacio, con datos duros, hemos cuestionado, al menos, sus pobres resultados en transparencia, rendición de cuentas y combate a la corrupción.
Esta es nuestra honesta opinión sobre lo que ha sido “la cuarta transformación”.
Ojalá algún día la presidenta nos hable con honestidad sobre la verdadera situación política, económica y social que tiene dividido al país y a merced de intereses ajenos a México. Pero esto no deja de ser, honestamente, un iluso deseo.
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