Palabra de Tigre

Por Humberto Aguilar Coronado

Las fechas que se graban en la memoria colectiva son pocas en la historia de la humanidad.

El 11 de septiembre del 2001, hace 25 años, me encontraba listo para salir rumbo a la secretaría de gobernación federal, para atender los asuntos de gobernabilidad.

Era el director general de Gobierno de este país y debía estar atento a la coyuntura política nacional y a la actividad geopolítica mundial.

Era martes y comenzó el día con una tragedia de impacto mundial. La televisión mostraba las imágenes en donde se conocía que Estados Unidos sufría el ataque terrorista más impactante dentro de su territorio.

Cuatro aviones comerciales fueron secuestrados por integrantes de Al-Qaeda: dos se estrellaron contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York, uno contra el Pentágono y el otro, —el vuelo 93 de United Airlines, que presumiblemente se dirigía al Capitolio o a la Casa Blanca en Washington D. C.— se estrelló en un campo de Pensilvania tras la valiente actuación de sus pasajeros.

Para comprender la magnitud de esos trágicos acontecimientos, es necesario revisar el momento geopolítico que se vivía. A principios del siglo XXI, el orden internacional post Guerra Fría experimentaba profundas tensiones.

Aunque la narrativa en esos momentos era de la hegemonía democrática, los avisos del extremismo ya se habían manifestado con fuerza con el primer atentado contra el World Trade Center en 1993, los ataques a las embajadas de EE. UU. en Kenia y Tanzania en 1998, y el atentado contra el buque de guerra USS Cole en Yemen en el año 2000.

El 11S, así conocido posteriormente, fue el detonante de una reconfiguración global y marcó el inicio de la denominada «Guerra contra el Terrorismo» que sirvió de justificación directa para la invasión de Afganistán por parte del ejército norteamericano, en octubre de 2001, ante la negativa del régimen talibán de entregar al líder del grupo extremista Osama Bin Laden.

Se convirtió en la guerra más larga en la historia de los Estados Unidos, extendiéndose durante 20 años el conflicto, en donde se calcula que perdieron la vida más de 2,500 soldados estadounidenses y más de 20,000 resultaron heridos, sin contar el trágico saldo de decenas de miles de civiles afganos y las incontables pérdidas económicas y materiales.

Aunque la muerte de Osama Bin Laden en mayo de 2011 a manos de las fuerzas especiales norteamericanas, pretendió venderse mediáticamente como el fin simbólico del conflicto y el triunfo de la justicia, la realidad geopolítica demostró lo contrario.

El retiro definitivo de las tropas estadounidenses en agosto de 2021 dejó un vacío diplomático y estratégico que derivó en el rápido retorno del régimen talibán al poder en Afganistán, dejando serios cuestionamientos sobre la eficacia de esa intervención militar.

El terrorismo tampoco se extinguió, al contrario, se extendió. En los siguientes años, el mundo presenció trágicos ataques a la población civil, como los atentados en los trenes de Madrid en 2004 (el 11M), la cadena de explosiones en el metro y autobuses de Londres en 2005 (el 7J), y la sangrienta noche en la sala Bataclan y diversos puntos de París en 2015, adjudicados a células y ramificaciones extremistas del islam.

A 25 años de distancia, la pregunta obligada para el análisis político es: ¿qué significó realmente este ataque para EE. UU y qué enseñanzas dejó al mundo democrático?

Para Estados Unidos, el 11S significó la pérdida definitiva de su imagen de invulnerabilidad territorial y la transformación radical de su arquitectura de seguridad interna, priorizando la inteligencia y la vigilancia nacional en detrimento, en muchos casos, de las garantías individuales y libertades civiles.

Para el mundo democrático, las lecciones son muy importantes. La principal, es comprender que la democracia y el estado de derecho no pueden defenderse mediante el abandono de sus propios principios.

La experiencia afgana demostró que la democracia no se impone por la fuerza ni mediante la intervención militar, la democracia se construye desde las instituciones, la cultura ciudadana, el diálogo, la negociación y el respeto al derecho internacional.

A un cuarto de siglo del 11S, constatamos que el verdadero reto de las democracias occidentales no es solo prevenir amenazas externas, sino fortalecer internamente sus contrapesos, proteger sus libertades fundamentales y evitar la tentación del autoritarismo a partir del populismo, en nombre de la democracia.

*Es politólogo.