
Sebastián Godínez Rivera
Tras las elecciones de 2024 en las que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, los demócratas se encuentran en una encrucijada electoral. El Partido Demócrata (PD) no encuentra una retórica y tampoco banderas que les permitan reivindicar a los sectores tradicionales en su agenda, pero que coexistan con las nuevas luchas del siglo XXI.
Algunos perfiles como el gobernador de California, Gavin Newson, tuvieron destellos de presencia al enfrentar al presidente Trump, pero ahora parece que se han esfumado. No obstante, el partido está presenciando una lucha de corrientes, común en los grandes partidos políticos, entre el establishment o los tradicionales contra el llamado socialismo democrático. Personajes como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani; la congresista Alexandra Ocasio-Cortez; el senador Berni Sanders; y el recién electo senador de Michigan, Abdul El-Sayed, son algunos de sus máximos exponentes.
El llamado socialismo democrático se caracteriza por su intención de transformar el sistema capitalista mediante la democracia participativa, es decir, reformarlo. Se caracteriza por tener una agenda ligada a la salud pública, subvenciones del transporte, apoyo al sector trabajador y educación gratuita. La corriente se mueve a través de la organización Socialistas Democráticos de América (SDA) y se encuentra en la izquierda ideológica del Partido Demócrata.
Su objetivo es hacer frente al ala más tradicional de los demócratas y con ello hacer frente a la nueva ola conservadora estadounidense. Sin embargo, enfrenta grandes retos como el rechazo de la mayoría de la población quien con la etiqueta de socialismo rechaza en primera instancia dicha visión. Esto tiene que ver con el desarrollo histórico de Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial el país se convirtió en la sede del capitalismo moderno y la cruzada contra el socialismo en el mundo.
El socialismo en Washington fue una corriente abrazada por intelectuales y artistas, más no por grandes sectores de la ciudadanía. Incluso la visión construída sobre el fracaso del modelo económico estatista en la Unión Soviética y Cuba despertó temor en la sociedad. Hasta la fecha Trump critica el socialismo o comunismo sin ahondar en su caracterización, pero lo hace porque es un discurso rentable que apela a las emociones de perder todo el patrimonio que tenga la ciudadanía.
Por otro lado, los demócratas más tradicionales tienen un fuerte rechazo a la corriente progresista, pues consideran que van muy a la izquierda. Históricamente los demócratas han tenido puntos de convergencia con los republicanos. También se convirtieron en el partido de las grandes masas obreras desde la primera década del siglo XX y aunque impulsaron reformas y cambios a la ley, lo hicieron dentro del margen que el gran capital les permitió, es decir, no trastocaron los cimientos del modelo.
En la teoría marxista, la superestructura está conformada por los elementos que moldean al sistema capitalista y está conformada por diversos subsistemas. Los socialistas democráticos buscan impulsar reformas que apaciguen las brechas de desigualdad producto del capitalismo especulativo o desregularizado, como se conoce al neoliberalismo.
Los demócratas tradicionalistas han cuestionado esa postura porque acusan también de promover ideologías externas a la vida estadounidense. Por otro lado, algunos personajes han promovido las nuevas agendas como el medio ambiente, la diversidad sexual o los derechos reproductivos lo cual ha generado un alejamiento de la base trabajadora original.
Incluso en las elecciones de 2024 Trump triunfó en el llamado Cinturón de Óxido, conocido porque en dicha región se encontraban las principales fábricas automotrices. Los Estados de Illinois, Michigan, Wisconsin, Pennsylvania, Ohio, Indiana y Missouri presenciaron la decadencia de la producción industrial debido a que las fábricas se mudaron a otras naciones donde la mano de obra es más barata.
El socialismo democrático pretende mostrar una cara más humana del capitalismo, pero también conseguir más votantes que les permitan disputar el poder a los conservadores en las elecciones de noviembre de este año y en las presidenciales del 2028. No obstante, están botando a los republicanos de una retórica simplista que les permita despertar el miedo en el electorado, derivado de la mala imagen que tiene el socialismo en los Estados Unidos. Incluso el vicepresidente J.D. Vance declaró que “dios no lo quiera y en 2030 haya un presidente socialista”. Para la opinión pública que la corriente esté disputando el poder a sectores tradicionales es una bocanada de aire fresco, pero para los republicanos es un arma propagandística. El propio Trump ha denunciado un asalto de sectores socialistas sobre los demócratas para llevar la miseria y atacar a Estados Unidos desde dentro. El panorama rumbo a noviembre continuará calentándose, pero al interior de los demócratas la lucha está por comenza

