Sebastián Godínez Rivera

Las elecciones del 4 de octubre en Brasil son reveladoras porque la ciudadanía impulsó un giro a la derecha. A pesar de que la presidencia se decidirá el 25 de octubre en la segunda vuelta entre Flávio Bolsonaro y el presidente Luíz Inácio “Lula” Da Silva. La campaña fue polarizada y se centró en el papel de Estados Unidos, aunque esto no necesariamente se tradujo en votos para la izquierda.

El octogenario presidente brasileño insiste en que mientras él viva la derecha no gobernará el país, sin embargo, el electorado ha mostrado cierta fatiga hacia su liderazgos. Lula ha estado presente en el escenario político desde 1984 cuando se presentó por primera vez a unas elecciones. Perdió en ese año, luego en 1989, 1994, 1999 y fue hasta 2003 cuando ganó el poder por primera vez.

Lula aspira a un cuarto mandato y aunque es un personaje constante, comienza a mostrar un desgaste no solo por el paso del tiempo sino por el ejercicio del poder. El presidente se convirtió en un motor para el Partido de los Trabajadores (PT), pero también en un lastre porque su liderazgo ha impedido el ascenso de nuevos cuadros que le permitan renovar la competencia electoral.

Por otro lado, el clan Bolsonaro se ha vuelto una de las familias más importantes en la política no solo por Jair Bolsonaro que gobernó entre 2019 y 2023. Los otros hijos como Eduardo y Carlos han conseguido escaños en el poder legislativo, el propio Flávio Bolsonaro ha construído su carrera desde el Senado y Michelle Bolsonaro, ex primera dama, forjó su propia base social y en ésta elección se convirtió en senadora por Sao Paulo.

El establecimiento de una familia en política no es nuevo en la política del continente americano, por ejemplo, en Estados Unidos los clanes Bush, Kennedy o Clinton son muestra de ello, en Perú la familia Fujimori tiene mucha presencia y Panamá el clan Torrijos por mencionar algunos. Brasil es un caso particular porque los Bolsonaro han construído un capital político que les ha permitido subsistir desde finales de la dictadura hasta el presente.

Otro elementos para entender estas elecciones y el avance de la derecha a nivel legislativo y gubernaturas tiene que ver con la atomización del sistema de partidos. En el gigante sudamericano existen tantos partidos que la construcción de mayorías parlamentarias para impulsar una agenda política, pero existen otros mecanismos para la generación de gobernabilidad.

En la literatura especializada se denomina “Pacto de corruptos” y se refiere a que cada legislador tiene su propia agenda, por lo tanto, si hay que formar coaliciones el partido gobernante debe ceder espacio, dinero o prebendas. Este modelo puede generar estabilidad, pero también es muy endeble porque al trastocar otros intereses las coaliciones legislativas pueden desplomarse.

Los comicios del 4 de octubre fortalecieron a las derechas en la Cámara de Diputados y el Senado; diversos partidos como el Partido Liberal, Uniao, Republicanos o Progresistas incrementaron sus curules, mientras que la coalición de izquierdas Fe Brasil redujo su presencia. Mientras tanto, a nivel federal el conservadurismo también se impuso en varios estados del país de la zona norte, sur y oriental, mientras que el PT ganó tres estados de la región del Océano Atlántico. Aunque hay 7 gubernaturas en juego para el 25 de octubre, se someterán a un balotaje, y los resultados podrían mover las fuerzas políticas.

Los comicios no fueron un día de campo para las izquierdas, al contrario, al mapear los resultados del congreso y a nivel federal la derecha creció y el progresismo quedó replegado. La ausencia de nuevos liderazgos se ahonda y se suma a la crisis de representación que hay en el mundo, donde las derechas se han convertido en los vehículos de denuncia.

Como lo estudió el politólogo italiano, Pablo Stefanoni, en su libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? La ola neoconservadora se convirtió en un catalizador del malestar y arrebató la política de los sentimientos a la izquierda. No es casualidad que los líderes progresistas estén cayendo en todo el mundo sino que es consecuencia. La izquierda dejó de entender al mundo y se ancló a una política de ideologías que se ha venido derrumbando desde finales del siglo XX.

En América Latina con el fin de las dictaduras y la llegada de la democracia a finales de los años noventa aparecieron algunos líderes que defendían el libre mercado como: Carlos Menem en Argentina, Henrique Cardoso en Brasil, Abdalá Bucaram en Ecuador o Andrés Pastrana en Colombia. Para inicios del siglo XX el mundo presenció la llamada Marea Rosa, periodo entre (2003-2015) cuando convergieron varios líderes progresistas.

Lula Da Silva ganó en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Rafael Correa en el Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, Hugo Chávez en Venezuela y José Mujica en Uruguay. Todos ellos aprovecharon la crisis de 2008 para reafirmar su liderazgo, pero cuando el modelo de bonanza se agotó y en otros lados el autoritarismo floreció, estos líderes vieron su caída.

En pleno 2026 las izquierdas se han replegado en todo el continente y Brasil intenta convertirse en bastión de la resistencia. Si el 25 de octubre Lula pierde las elecciones, América Latina solamente tendrá en las filas de la izquierda a México y Uruguay junto a las tiranías de izquierda como Cuba y Nicaragua. Restarían Guatemala, pero el presidente Bernardo Arévalo se asume como un centrista y Haití que se encuentra sometido en una espiral de violencia e inestabilidad política desde el año 2021.