Sebastián Godínez Rivera

La proliferación de gobiernos derechistas desde 2023 en América Latina está generando un problema conceptual para el análisis de los presidentes. El término ultraderecha se ha popularizado para calificar a hombres y mujeres que han ganado la presidencia de sus países y el uso de éste término indistintamente parte de que todos son iguales.

Los comparativistas de la Ciencia Política durante décadas han advertido que la generalización permite aglutinar  a un gran número de casos, pero elimina los detalles o particularidades de los casos de estudio. Es cierto que hay una ola de gobiernos conservadores en Latinoamérica desde 2023, pero éstos no pueden ser catalogados bajo la premisa de que son ultraderechistas, por lo tanto, planteo una breve clasificación.

Algunas derechas como la de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Abelardo de la Espriella en Colombia, Daniel Noboa en el Ecuador y Donald Trump en Estados Unidos tienen rasgos similares en cuanto a la política económica y el perfil del presidente. El primer rasgo es que éstos personajes han formado sus propias corrientes políticas incluso dentro de partidos políticos de larga data como el caso estadounidense.

La Libertad Avanza de Milei, Acción Nacional Democrática de Noboa, Nuevas Ideas de Bukele, los Defensores de la Patria de de la Espriella y MAGA de Trump son muestra de la influencia personalista. La aparición de las corrientes hablan de un bajo nivel de institucionalización partidista porque dependen del carisma de sus fundadores, a excepción del caso de Trump donde su movimiento ha logrado hacerse con el control de lugares clave.

Estos personajes podrían ser clasificados como tecno populistas, es decir, líderes que supuestamente tienen experiencia y la solución a los problemas, pero que utilizan datos alterados, perfiles técnicos y denuncian a la élite tradicional y sus intermediarios. La forma en la que se han conducido los personajes mencionados con antelación y sus programas en el terreno económico son elementos que podrían clasificarlos como tecno populistas.

En segundo lugar están los liderazgos que reivindican periodos del autoritarismo como el chileno José Antonio Kast y la dictadura de Pinochet, el gobierno del expresidente Jair Bolsonaro en Brasil y Keiko Fujimori en Perú que admira el legado de su padre, Alberto Fujimori. Estos casos son distintos a otros porque su ideología y retórica se basan en un constante combate al socialismo y la izquierda a quienes acusan de erosionar las instituciones, la economía e incrementar la seguridad.

Bolsonaro conmemoró el golpe de estado contra Joao Goulart de 1964 y al votar a favor del juicio político contra Dilma Rousseff dedicó su voto al general que la torturó cuando era guerrillera. En Chile, Kast ha hecho referencia a que en 1973 los militares y la ciudadanía optaron por la libertad y la democracia antes de ceder a las garras del socialismo impulsado por Salvador Allende. Finalmente, Keiko Fujimori ha hecho campaña en cuatro ocasiones con el legado de su padre, Alberto Fujimori, a quien venera por haber derrotado el terrorismo, saneó las finanzas públicas y dotó al país de estabilidad aunque todo lo hizo en un contexto de autoritarismo tras el autogolpe de 1992.

En tercer lugar están las derechas moderadas como: José Raúl Mulino en Panamá, Santiago Peña en Paraguay, Nasry Asfura de Honduras, Luis Abinader en República Dominicana y Rodrigo Paz en Bolivia. Estos líderes se caracterizan porque accedieron al poder con ayuda de los partidos existentes y su programa político es de corte moderado. A diferencia de otros mandatarios, estos no reivindican el autoritarismo, la fuerza y tampoco aspiran a consolidarse eternamente en el poder.

El dominicano Luis Abinader se impuso en todo el país, pero en su discurso de reelección prometió no convertirse en un caudillo y respetar la diversidad de fuerzas. Mientras que Raúl Mulino estuvo envuelto en tensiones con Washington porque Donald Trump exigía el regreso del Canal de Panamá. En Paraguay, Santiago Peña, pertenece al Partido Colorado que ha gobernado el país de forma cuasi hegemónica, sin embargo, el presidente actúa dentro del marco institucional.

En Bolivia, Rodrigo Paz y el Partido Socialcristiano derrotaron al Movimiento Al Socialismo y aunque tiene muchos problemas para gobernar, su discurso y políticas no están ligadas a la ultraderecha, al contrario, el perfil de Paz es de un reformista. Por último, el ejecutivo hondureño, Nasry Asfura y el Partido Nacional ganaron el poder, a pesar del polémico respaldo que recibió de Estados Unidos, pero tampoco se adscriben a la ultraderecha.

Por último, está Costa Rica con la presidenta Laura Fernández de corte conservador tradicional, pero que llegó a la presidencia debido a la herencia del expresidente Rodrigo Cháves. Aunque tiene pocos meses en el poder, el caso costarricense es distinto de los otros porque el expresidente ocupa dos ministerios en su gabinete, el de la Presidencia y el de Hacienda. La influencia de Cheves es latente en el terreno político y de ésta forma dos figuras derechistas influyen en la agenda de gobierno.

En conclusión, la aparición de varias fuerzas derechistas en la región no determina que todas sean homogéneas y mucho menos de ultraderecha. Es pertinente hacer un análisis cuidadoso sobre los tipos de liderazgos y aunque existen otras variables a tomar en cuenta, la generalización simplifica los casos, pero termina por establecer sesgos.