
Por Gustavo García
En Puebla ya se aprendieron la frase y se repite como promocional, como lema, como si de tanto repetirla se convirtiera en una realidad: “es tiempo de mujeres”.
Y claro, suena justo, inclusivo, hasta hay quien dice que histórico.
Pero se debe decir que el problema, no está en lo que se repite miles de veces, sino en lo que hay detrás de esa frase tan de moda.
En este gobierno poblano toda cuadra en el papel: paridad, inclusión, discursos a gritos de igualdad, eventos institucionales llenos de palabras lindas y machistas que, mencionadas de manera correcta, llegan a cautivar.
Pero vemos en la práctica, como se sigue operando bajo las mismas reglas de siempre, un control vertical, decisiones cerradas y una lógica donde se busca cambiar el rostro, aunque sepamos, que esto no implica cambiar el fondo.
Vemos a mujeres en los cargos, sí… pero eso no necesariamente significa que esas mujeres puedan de manera libre ejercer el poder.
Y ahí es donde el discurso deja de ser elegante y empieza a doler.
Porque mientras se repite que “es tiempo de mujeres”, en Puebla hay madres buscando hijas, hay familias buscando a sus desaparecidas, nombres que se vuelven tendencia un día, pero que, tras una tragedia más grave, quedan en poco tiempo en el silencio.
Pero como siempre en los estados autoritarios, el gobierno tiene otros datos.
Porque debemos decir, que aquí también se perfeccionó otra técnica, la estadística como narrativa es una de sus más fieles mascaras.
Se presume desde las mañaneras, que bajan los feminicidios, que disminuyen los delitos, que hay avances, saturan de cifras, gráficas, porcentajes, intentando con eso cerrar el debate.
Y en medio de eso, aparecen los machos con el discurso oficial, impecable, pulidito, bien armado, políticamente correcto: “es tiempo de mujeres”.
¿De cuáles?
Porque si fuera realmente tiempo de mujeres, no habría que maquillar cifras todos los días, no habría madres que buscan que se les explique por qué sus hijas ya no están, no habría que vivir con el dolor porque no regresen.
Porque hoy, muchos gobernantes formados en estructuras profundamente machistas han encontrado el escudo perfecto: defender a las mujeres, declararse sus aliados, repitiendo consignas, hablando de igualdad y sororidad, pero no crea usted que, desde la convicción, sino desde la conveniencia.
Han entendido que el discurso feminista no sólo da legitimidad, también protege, les ofrece según ellos, un blindaje puro.
Pero lamentablemente en estos gobiernos, operan también las piezas más incómodas de este tablero: las mujeres que se convierten en cómplices del poder.
Mujeres que llegaron, pero no a transformar el sistema, sino a convertirse en un cómplice para administrarlo, esas que levantan la bandera del feminismo en público, pero en privado sostienen e incluso ayudan a ejecutar las mismas prácticas que decían combatir.
Denuncian cuando conviene, pero callan cuando incomoda, se indignan selectivamente, pero nunca rompen esa alianza con el gobernante en turno.
Y en Puebla, aunque nadie lo diga el pacto es claro, el poder masculino concede espacios, realiza abusos, las utiliza en el discurso y ellas, las partícipes del poder, no lo cuestionan.
Así, el resultado es perfecto, un sistema que presume avances mientras la violencia persiste, un discurso que celebra a las mujeres mientras no logra protegerlas.
Y una narrativa que convierte las cifras en justificación.
Por eso, cuando en Puebla escuchamos “es tiempo de mujeres”, conviene hacer una pausa y preguntar, si de verdad es tiempo de mujeres, dónde están las desaparecidas, que ya no pudieron contarlo, dónde están las que siguen esperando justicia.
Será que es tiempo de mujeres de las que gobiernos acomodan en sus cifras; de esos que entienden que, en este juego, la realidad puede doler, pero al final la narrativa se impone, sin ofrecer los mínimos resultados.
Lamentablemente en este gobierno de la 4T, la frase seguirá funcionando perfecto para las intenciones de quienes gobiernan, esos que sólo ven en las mujeres, un discurso perfecto para permanecer como defensor de ellas, fingiendo un gobierno inclusivo, aunque en la realidad sigan siendo víctimas de una ambición de poder.
