Sebastián Godínez Rivera

El festival celebrado por la presidenta Claudia Sheinbaum el 31 de mayo en el Monumento a la Revolución estuvo marcado por acusaciones contra Estados Unidos de injerencia. La ejecutiva no sólo pronunció un discurso apelando al antiamericanismo, usando la soberanía como sinónimo de impunidad para los narcopolíticos y señalamientos contra la derecha.

La efervescencia le duró poco ya que 22 horas después en la conferencia mañanera Sheinbaum moderó sus declaraciones diciendo que “no es el presidente Trump quien encabeza la campaña sino las derechas binacionales”. La presidenta dejó fuera a su par estadounidense bajo el argumento de que hay entendimiento, cooperación y que cuando haya desacuerdos hay que decirlos, pero no quiere confrontación. Hizo referencia a la relación Juárez-Lincoln, Cárdenas-Roosvelt y en algunas ocasiones citó al expresidente Miguel de la Madrid de quien dijo estar leyendo sus memorias tituladas Cambio de Rumbo.

El cambio de posición en menos de 24 horas denota dos cosas: 1) el discurso era para su público a quien constantemente apela a la defensa de la soberanía y el domingo la presidenta apostó por el populismo; y 2 ) la cabeza fría, la sobriedad y el tacto llegaron después y para evitar la molestia de Estados Unidos hoy desmarca a Trump y así evitar señalamientos directos.

En su monólogo matutino Sheinbuam agregó que lo hizo para informar y preguntó ¿Por qué creer más en las instituciones de Estados Unidos que en las mexicanas?. Seguramente porque el 99% de impunidad en México corresponde a otro país. El discurso soberanista no hizo más que endurecer la ya difícil relación con los estadounidenses donde México tiene las de perder en diversos frentes.

En medio de las revisión del Tratado de Libre Comercio donde México ha sido señalado de no dar certeza jurídica, las investigaciones contra miembros del gobierno de Sinaloa, la colaboración de dos miembros señalados por el Departamento de Justicia parecen ser pocos para el oficialismo. Asimismo, la reconfiguración del hemisferio producto de las derechas que ganan elecciones, la captura de Nicolás Maduro, la presión sobre Cuba, la construcción de la Gran Norteamérica y las fuerzas navales en el Caribe han sido ignoradas por el gobierno mexicano.

La visita del secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, las declaraciones del titular de Guerra, Pete Hegseth y los señalamientos del secretario del Tesoro Scott Bessent parecen no importar. México está en la encrucijada no sólo por los deseos expansionistas de Estados Unidos sino por la debilidad institucional, económica, de seguridad y la débil posición de negociación mexicana para hacer frente a su primer socio comercial.

El discurso del domingo abonó a que los estadounidenses aspiren a un mecanismo de presión más agresivo. Quienes esperan que Washington responda vía mensajes, tweets o en ruedas de prensa se quedará esperando, porque la relación con México es especial derivado de las condiciones económicas, políticas y materiales del vecino del sur del Río Bravo. El golpe lamentablemente llegará de la relación estratégica y los puntos débiles que los estadounidenses han identificado en México.

Cabe destacar que nadie está negando la nueva política del garrote que está implementado la Casa Blanca con América Latina, pero la forma en la que Morena considera que ellos son el pueblo, por lo tanto, cualquier señalamiento en contra sus miembros debe ser entendida como un ataque a la soberanía es siniestra. La forma en la que vulgariza e intenta homogeneiza a todo el país bajo la sombra de Morena para usar de escudo protector a las y los mexicanos.

Sin embargo, éste es el resultado de priorizar los perfiles políticos y el discurso populista en un área donde la tecnicidad debe ser preponderante. La falta de figuras experimentadas y su sustitución por morenistas abonan a la debilidad de la relación, sobre todo, por la advertencia del Departamento de Estado que revisará la red consular porque desde dichas sedes se promueve la injerencia mexicana en Estados Unidos, por lo tanto, podrían cerrar algunas de éstas.

México denuncia la intervención de los norteamericanos, pero el oficialismo hace lo propio no solo con Estados Unidos sino con toda una serie de países que no son del agrado ideológico de Morena. Sin embargo, no es lo mismo confrontarse con un país que ni siquiera es un socio comercial de peso a hacerlo con el primer socio quien cada vez es más reacio al diálogo, pero más propenso a la paz a través de la fuerza como lo ha dicho el propio Donald Trump.

México ha intentado ignorar lo que ocurre en el hemisferio y se asume como una isla en la que no ocurrirá nada, grave error. El discurso del domingo sació la denuncia contra el imperio yankee, muy característico de las izquierdas latinoamericanas, pero en la política real habrá que tomar acciones concretas que no terminen por hundir a México, cortesía del oficialismo y su ignorancia.